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11/08/2006 · Lágrimas de bufón.

A veces me pregunto si no es mejor hacer reír que hacer soñar, pues las risas son tangibles y las promesas etéreas. ¡Cuántos sueños y propósitos han muerto en el camino de los románticos, por aspirar a ofrecer una imagen Shakespeareiana, olvidando que en lo trivial de la risa reside la simplicidad de lo sincero!

 

Como hoy me encuentro a mitad de sueño, camino de la realidad que amanece en las manecillas del reloj apremiante de ritmo y vida, voy a desdibujar una pequeña fábula que me ha venido a la cabeza mientras veía la sincera risa de una princesa, motivada por una de mis chanzas, bufonadas o estupideces (cada cual refleja su interior normalmente en el contenido del regalo, y en este caso ha sido recibido como una ópera firmada por Jardiel Poncela, hecho que ha motivado mi inspiración).

 

“Las lágrimas del bufón son como las sombras que crea el sol. Trozos de realidad que huyen de su origen, sin ningún propósito, simplemente sabiendo que su esencia es contrapesar el sentido de este.

 

El bufón lloraba a orillas del río, no se sabe si de dolor o simplemente de amor. Buscaba bañar al río de olvido, abandonar en líquida humanidad los etéreos sentimientos. Su rostro levantó la espesura al escuchar acercarse a Ela.

 

-¿Lloras hoy también pequeño bufón? -Saludó con miedo a interrumpir la liturgia con que encandilaba paz a su destino.

 

-No. Simplemente dejo desembocar al mar lo sufrido de mi ser, para que la princesa no note en mis ojos la amargura o el desencanto; para hacer que sus días sean plenos y estén limpios. Vivan de la pureza de su risa.

 

-¿Acaso tiene sentido tu vivir? Tu risa, si no es sincera. Si necesitas lavar tu mustia para fingir la insulsa comedia, porque la vives falsa como una pantomima. ¿Merecen la pena las risas de la princesa si nacen de las lágrimas del bufón?

 

-No confundas el origen con el sentido- respondió el bufón -Pues mis lágrimas no proceden de la risa de la princesa, ni de su condena. Sino que manan del destino del bufón, que es su propia risa.

 

-No entiendo pues tu congoja.

 

- Las risas de la princesa son en sí misma mi destino, y me vanaglorio de ello por ser un sueño como promesa de vida eterna, pues la sonrisa que bebo de sus labios, supone más cielo que sus propios besos, pues es sincera. Si bien, mi lástima nace de esos labios que conforme más abiertamente les arranco una sonrisa más deseo provoca en mi desdicha.

 

Es por eso de mi caminar todas las tardes a la orilla del río, para liberar mis sueños y dejar que se desborden solos en la plenitud del océano. Si la princesa viera la falsedad de mi alegría, podría contagiar mi pena y sus lágrimas serían la sangre de mi vida, manando calor y condenando al frío el sentido de mi lucha.

 

-Si tanto es tu sueño por sus labios. Debieras acaso cerrar tu boca de chanzas y purgar en poesía tu corazón en sus oídos. Vivir, luchar, sufrir o acaso amar.

 

- No es ese el destino del bufón, mi niña. En esta vida, cada uno debemos comprender que soñar es vivir, y vivir es soñar. Si en cada risa de la princesa encuentro un sentido para mis sueños, y a la vez un sentido para mi vida, conformo en este destino una razón para luchar cada día, y por tanto para seguir soñando. ¿Debiera abandonar mi vida para buscar mis sueños? ¿Y si despertase de estos? ¿Qué sentido tendría seguir soñando? Aprende que el bufón busca la risa, el enterrador entierra a los muertos, el cura dice misa, y no tendría sentido escuchar las mofas de un bufón en un entierro, la lánguida imagen del enterrador en una comedia, o la imagen de un cura, sea donde sea, pues siempre preocupa si no es en misa. Por tanto, mi prosa no tiene sentido en los oídos de la princesa, pues no soy trovador ni príncipe que la pretenda, sino bufón. Y mi sueño es vivir de su sonrisa e iluminar mis días con su dicha. Provocar lágrimas si son de risa y olvidarme de decir misas. Chanzas, bufas, escarnio y sarcasmo son mis armas de amor. Y si he de purgar mis heridas tras la batalla a orillas de todos los ríos de la ciudad durante toda mi vida. Sangraré lágrimas y sangraré desdichas. pero no he de morir si es con su risa bañando mi corazón y dándole aliento en la tortura. Comprende pues, mi querida niña, que mi destino es ser bufón, suplicar sonrisas en vez de miradas de amor, carcajadas en vez de gemidos de placer, y vivir de este éxtasis como mi mayor fortuna. Si no lo hiciese yo ¿Quién entonces?”