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07/09/2006 · La felicitación insomne

Esta mañana de mi cumpleaños me han despertado dos felicitaciones a la antigua usanza, es decir, por correo del que ahora se llama ordinario.

 

La primera de ellas es del Excelentísimo Ayuntamiento de Zaragoza, que me recuerda que le adeudo una importante cantidad en concepto de multas por aparcar y no estar dispuesto a pagar el tributo solucionador de la mala gestión de  nuestro señor alcalde. Le agradezco enormemente que se acuerde de mí en mis días especiales; yo también acostumbro a acordarme de él y de algunos de sus familiares a menudo.

 

La segunda ha sido de mi amigo Javier Sánchez Blasco, que me ha enviado el atlas de la Vespa, un caballero del Zodiaco y una bonita felicitación que transcribo a continuación. Se titula “El artista insomne”

 

“Nadie sabía que la vieja dinamo se había estropeado y que fue él quien la había reparado. Y todo ¿para qué? Sólo para que al pedalear y pedalear en la vieja bicicleta fija en la azotea continuara brillando cada noche el inmenso disco redondo, como una lentejuela gigante. Mientras, susurraba todos sus nombres mirándola fijamente, hasta que se instalaba en sus pupilas una gota de leche caída de la vía láctea: “selene, satélite, astro, planeta, espejo, cristalera, vidriera, escaparate, un banco de metáforas arruinado, tú, tu misma... ¿Por qué no?”.

 

Y después, si acaso perdía fuerza, si acaso su tenue resplandor titubeaba, entonces pronunciaba los suyos propios, en voz más alta, con tono de advertencia: “transpiración, exudación, sudación, decreción, esfuerzo, trabajo, angustia, agobio, ajetreo, empeño, pena, nerviosismo”. Y también: “vainilla, natilla, telilla, excelencia, exquisitez...”.

 

Y así noche tras noche. No importaba como hubiera ido el día. Si había llegado a desfigurar algún rostro torciendo su boca de rojo, y sus mejillas de verde, si había sabido disimular la decrepitud de un viejo lienzo en blanco u ordenado la velocidad cúbica de una máquina de tren en pequeños cuadrados grises y mates. O si como aquel día había soplado las yemas de cinco dedos encendidos y cinco pinceles en llamas. Siempre pedaleando, siempre hinchando el enorme tejo blanquecino, afilando sus bordes, apretándolo a rosca en la inmensa extensión azul marino.

 

Si acaso llegaba a desfallecer, no era porque se cansaran sus piernas, o porque alguno de los vecinos del edificio o de los paseantes nocturnos, no fuese capaz de mirar al cielo de septiembre con esperanza, a pesar de haber notado el cosquilleo de un insecto invisible en el corazón o tuviera los zapatos manchados de sueño. No. Sino porque había recibido su llamada, porque notaba que ella, en el edificio de enfrente, estaba una noche más a punto de volver a caer en su cama desde una yegua de niebla enloquecida, de palpar con la boca seca las sábanas desiertas a su lado, de gritar su nombre con ansiedad infantil. No se trataba en modo alguno de una percepción muy complicada y menos para alguien como él. A veces se trataba de un pétalo rojo que había volado hasta el borde de la cornisa, junto a la rueda delantera de la vieja bicicleta.

 

Se quedaba unos segundos suspendido en el aire y dudaba si ser pluma o ala de insecto, o mancha de sangre antes de precipitarse al vacío. En otras ocasiones, se trataba tan sólo de una pequeña bocanada de aire que sonaba como un lejano suspiro de imposibilidad: “Copo de granizo, perfume y sudor, una palabra de una canción infantil, mota de polvo, de niebla... ¿Por qué ha de ser tan difícil?”. Otras, había que estar más atento para percibirlo, cuando se trataba de una pareja de dos talones desnudos, más abajo, levantándose dos dedos del gris de la acera. O el ruido de una minúscula astilla, desprendida tres manzanas más allá, de un árbol con dos nombres recién grabados en su corteza.

 

No había nada que hacer. Resultaba imposible hacer como que uno no se había enterado. Con una mueca de fastidio, abandonaba la bicicleta con la esperanza de que la fuerza del último impulso dado a la dinamo mantuviera encendido el disco lechoso unos instantes más. Después iniciaba el descenso, rápido, muy rápidamente (a veces incluso se preguntaba por qué no había instalado ya una sirga que uniera su azotea con la ventana de ella, al otro lado de la calle, para poder deslizarse lo antes posible).

 

No había ascensor y tenía que descender a pie pasando por todos los rellanos del inmueble, en algunos se había dejado la puerta abierta, y en otros no: proas y popas, bosques, pueblos, acantilados, embalses, continentes que a veces eran palabras, otras masas de óleo repartidas al azar, voces olvidadas que lloran “te quiero” tras puertas cerradas. Contrastaban con el silencio, con la desnudez marmórea y caprichosa, con el olor dulzón del bloque en el que vivía ella.

 

Y ya junto a su lecho, el mismo ritual de hastío, la misma dejadez al besarle los párpados para que permanecieran cerrados. Otra vez había que arroparla que abrazarla en sueños. “¡Qué complicado es el arte, este abrazo mismo abrazo de cada noche, aplacarla con una mano en la frente!”, se decía al tratar de abarcar todo su calor con ambos brazos, contra el pecho, teniendo cuidado de no despertarla, “con lo sencillo que es vivir, pedalear en mi bicicleta, tener las manos manchadas de pintura”.

 

¿Alguna vez han recibido una felicitación así?