compartir

10/09/2006 · Lágrima de princesa

Se queda mirando al infinito en el balcón, más abajo cuelgan los coches de sus rutinas y los borrachos esperan descubrir el domingo vespertino más allá del muro de sus ojeras.

 

Sus ojos saben que dominan mi mirada y no se apartan, desafiantes, orgullosos de su propia consciencia, de la plenitud de mi entendimiento. Un duelo continuo, historia contra historia, buscando cada uno los secretos que se esconden en los silencios, en las frases inacabadas o en las justificaciones entre acto y acto de la representación.

 

- No quiero ser uno de esos cuadros desagradables, en los que el color tapa la belleza ?advierte.

 

Pero no conoce que el misterio de esas obras es su comunión conmigo mismo, que no debe temer los resultados, pues el artista pone más de sí mismo que la modelo; el artista interpreta, modela hablando su íntimo lenguaje, hay más sueño que realidad tras los sucios trazos y el arañazo de los pinceles.

 

Y entonces, en un leve comentario abstraído, se deja ver. Es ella misma que ha bajado sus defensas y ya no explica sino olvida. Brilla bajo el reflejo de las farolas, delimitando líneas de belleza en su sonrisa. La mirada a la izquierda, recordando. La comisura de sus labios entreabierta, y más tarde lágrimas impregnando el lugar donde moran mis sueños, tras rendirse al recuerdo de la ausencia.

 

Ella no nota cómo una de esas lágrimas escapa del torrente caudaloso para refugiarse en mi mejilla, cómo resbala desafiando a Newton hasta alcanzar el pabellón de mi oído, y cómo allí lamenta no ser más que el disfraz en un baile de máscaras hasta el amanecer.

 

Los labios de ella piden perdón, a mí, al aire, a sí misma sin ser consciente de que es su verdadero destino, mientras la lágrima implora ajena en mi oído la atención que ha venido a declamar.

 

- Escucha mi verdad ?suplica, pues yo he nacido de su más profundo interior, y conozco la fuente de donde manan sus desdichas, pues soy ciudadana de esa desolación.

 

- ¿No escuchas tus razones de sus propios labios? ?le pregunto, sin desviar mis ojos del maravilloso reflejo que sobre sus mejillas forma el río de su lamento -. ¿Por qué debería creerte a ti? Sabido es que las lágrimas son conocidas por traicioneras.

 

- Porque sabes que la historia de sus labios es su propia mentira cantada para poder bailar ella misma en su melodía. Que necesita creer para dejar de buscar, excusar para dejar de avanzar, justificar para rendirse.

 

- No veo rendición posible más que la de quien no controla sus sentimientos.

 

- O quien para controlarlos necesita nombrarlos para llamarlos por su nombre y ver que son reales.

 

- ¿Qué historia tienes que contar entonces?

 

- Pues la única historia que una lágrima como yo puede contar, una historia que debe ser salada, pues esa es la esencia de mi ser, agua y sal; dispuesta para amargar la lengua una vez alcance mi triunfo resbalando hasta su boca. Una historia que ella misma no conoce y que nunca podrá descubrir, pues la escondió en los pliegues de su historia, justificando los olvidos en un destino que muchas veces le venció.

 

- ¿Hablas de amor?

 

- Hablo de vida. De ella he manado y ella es la que me ha de terminar matando, pues mientras hablamos, su propia vida evapora con el calor de su cuerpo mi ser, un calor de deseo que intenta domar, que intenta esconder y subyugar.

 

- ¿Por qué?

 

- ¿A ti debiera decírtelo? Que has conocido en sus labios su triste historia y la has entendido; pues como yo reflejo en mi lisa superficie lo que me rodea, ella refleja toda tu historia como si una perenne lágrima tuya fuese.

 

- Mi historia no es como la suya, cada uno anda caminos diferentes y busca sueños distintos.

 

- Es tu historia, que tienes miedo a descubrir porque en su día la asumiste, y ves que el pozo de tus lágrimas logró secarse, mientras que el pozo de ella amenaza con desbordarse. Tienes miedo porque lograste hacerlo sólo, con la única excusa de pensar que estabas precisamente sólo. Y hoy descubres que no es así, que ves tu reflejo de esos días en ella y que si admites que una simple lágrima de dolor puede tener razón, tu seguridad podría venirse abajo con ella. Sucumbir? Pero ahora te pregunto? ¿No es mejor descubrir que no estas sólo y vivir tus duelos en su hombro?

 

- No entiendo de lágrimas, pues decidí que no forman parte de mi ser hace tiempo.

 

- Te equivocas. Yo soy una lágrima tuya, y por eso puedo hablarte ¿o es que no te das cuenta? No he manado de sus ojos y he subido hasta tus mejillas como imaginas, sino que he nacido de ti, de tu pozo seco de la que soy único testigo que esperaba este día para decirte que tienes sed de lágrimas, de vida, de algo intenso que sólo has podido descubrir en el fruto de sus ojos. Y que si bien tu pozo ya no pude ser salvado, ella rebosa por los dos y por muchos más. Que las lágrimas de ahora encuentran la excusa en sus labios hablando de un amor que no comprende; porque ella entiende de amor y sabe que el amor no es el entierro continuo de la pasión y las lágrimas en vez de sangre en el corazón. Que necesita llorar más alto este para tapar los llantos de su vida.

 

- ¿Y qué puedo hacer? según tu consejo ¿seducirla? ¿amarla? ¿entregarme? ¿adorarla sin más?

 

- Hablo por la fuente de la que he nacido que es ella, a pesar de desbordarme en tus ojos, pues para mí sois la misma cosa. Escucha el ruego de sus sollozos y dale el alivio que te esta pidiendo en tus palabras. Descúbrele que ya estuviste allí donde muere ella, que le entiendes y que sabes que equivoca sus males, rascando la superficie de estos para no desenterrar sus dolores muertos. Borra con tus labios el surco que dejamos en su rostro, pues así es como se borran los dolores, beso a beso, caricia a caricia. Y sobre todo, llora de nuevo a pesar que juraste no hacerlo, porque en cada lágrima como yo, se esconde una historia como esta, que debe salir y ser escuchada, ser leída como en este caso, o por lo menos ser ignorada; pero dejando siempre el gusto salado que todas las lágrimas regalamos en nuestra ausencia.