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25/02/2007 · Los principios últimos

Me gusta cuando un autor utiliza metáforas para explicar sus pensamientos. Es algo que cada día se encuentra más en desuso y que debería recuperarse.

 

Ahora todos tiran más por uno de los dos caminos en que deriva el lenguaje literario actual. O bien por el lenguaje ordinario (refiriéndome al corriente, irreflexivo y más propio del hablado que escrito) o bien por la continua autorreflexión grandilocuente en que desvarían los textos de los autores (en cuyo saco me incluyo, como acto de contrición).

 

Escribe Paulo Coelho, ese gran autor que nadie lee pero que vende más de cincuenta millones de ejemplares de sus obras, una bonita reflexión en forma de moraleja sobre el amor y los por qué, que hacen que generación tras generación el amor tenga las mismas liturgias a pesar del tránsito del tiempo.

 

Con su permiso voy a transcribir un fragmento de su obra El Zahir. Que si bien no es de las que más me esté gustando (es difícil alcanzar su insuperable A orillas del río Piedra me senté y lloré) sí es una de las que más me está acercando al autor y su pensamiento.

 

Habla Paulo Coelho a través de su personaje con tintes autobiográficos, sobre la curiosidad que le produce el que las vías del tren tengan siempre una separación de 143,5 centímetros o 4 pies y 8,5 pulgadas.

 

¿Por qué esta medida tan absurda?

 

La verdad es que nunca me lo había planteado?

 

?Porque, al principio, cuando construyeron los primeros vagones de tren, usaron las mismas herramientas que se utilizan para la construcción de carruajes.

 

¿Por qué los carruajes tenían esa distancia ente las ruedas? Porque las antiguas carreteras se hicieron con esa medida, ya que sólo así podían circular los carruajes.

 

¿Quién decidió que las carreteras debían hacerse con esa medida? Y he aquí que, de repente, llegamos a un pasado muy distante: los romanos, primeros grandes constructores de carreteras, lo decidieron. ¿Por qué razón? Los carros de guerra eran conducidos por caballos, y al ponerlos uno al lado del otro, los animales ocupaban 143, 5 centímetros.

 

De esta manera, la distancia entre los raíles que he visto hoy, usados por nuestro modernísimo tren de alta velocidad, fue determinada por los romanos. Cuando los inmigrantes fueron a Estados Unidos a construir ferrocarriles, no se preguntaron si sería mejor cambiar el ancho, y siguieron con el mismo patrón. Esto llegó a afectar incluso a la construcción de los transbordadores espaciales: los ingenieros norteamericanos creían que los tanques de combustible debían ser más grandes, pero eran fabricados en Utah, había que transportarlos en tren hasta el Centro Espacial de Florida y no cabían en los túneles. Conclusión, tuvieron que resignarse a lo que los romanos habían decidido como medida ideal??

 

En la posterior disertación del protagonista sobre los paralelismos existentes entre esta medida de 143,5 centímetros o 4 pies y 8,5 pulgadas y el matrimonio, Paulo Coelho argumenta que las reglas están desde siempre por alguna razón, pero que esto nos ayuda a vivir.

 

Puede que las reglas fijas e inmutables sean buenas para una sociedad, la verdad es que por algún patrón hemos de guiarnos, máxime cuando el hombre es un ser social que debe comulgar con su entorno, y este necesita de reglas sobre las que medirse.

 

Pero qué sucede cuando de lo que hablamos es de algo tan etéreo e inmedible como es el amor. Que generación tras generación utiliza las mismas formas y se rige por los mismos patrones que hace siglos.

 

Sucede que el acto desborda muchas veces a la intención o al origen, es decir, se rige por lo visto, oído y aprendido en lugar de hacerlo por lo que instintivamente viene dado de un sentimiento carente de toda racionalidad, pues no nace de la cabeza sino de un órgano metafórico como es el corazón.

 

¿Debemos por tanto guiarnos por los usos y costumbres básicos sacados de contextos estereotipados en películas, novelas o similares?

 

Pues no, es hora de tomar el pulso como guía del camino en lugar de regirnos todos al compás de la misma canción, por muy bonita que esta suene.

 

Debemos salir de los raíles que nos marca la sociedad desde el momento en que conocemos a alguien y debemos actuar de una manera racional, coherente, o más bien llamada por todos ?normal?. Hay que salirse de los 143,5 centímetros y marcar nosotros mismos cuánto deben ser las distancias de las cosas y cuál debe ser el camino que nuestro corazón nos grita al oído.

 

Si desde los romanos hasta estos veinte siglos, seguimos utilizando una medida sin preguntarnos su por qué. ¿No es lógico que nos planteemos ahora también si las formas y costumbres que seguimos en nuestra actitud ante la vida no están también alienadas y cosificadas? Si somos nosotros mismos y son nuestras palabras las que se susurran al oído de la otra persona o seguimos un patrón e interpretamos un papel que nos ha sido impuesto.

 

Es hora de pararnos a mirar si lo que hacemos es algo que surge de nuestro interior o lo copiamos de algún otro sitio. Si lo que queremos son nuestros sueños o son los sueños que nos han contado, si lo que deseamos realmente lo amamos o sentimos que debe ser amado también por nosotros al igual que lo es por todo el mundo.

 

La vida no es el mismo camino para ninguno de nosotros, y lo fácil es seguir siempre las vías del tren por miedo a salirnos de sus 143,5 centímetros y no llegar al destino previsto. Pero no hay mejor destino que aquel que la vida nos brinda al apostar por lo desconocido, por crear nuestro camino y abrir surcos para que el que venga detrás tenga nuevos destinos donde elegir el suyo. Es hora de decidir si seguir el rumbo o crear nuestro destino. Si acomodarnos a los 143,5 centímetros que nadie se atrevió a cambiar, o dejar que seamos nosotros quienes decidamos la medida de lo que queremos ser.