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05/06/2007 · El apéndice prodigioso

Miraba Klimt, antes de someterse al frenético acto de amar pintando, cómo la musa desvestía su piel para cubrirse con las telas de la lujuria. Mientras, jadeante, el artista apartaba con la parte trasera del pincel una gota de sudor que resbalaba por su frente, tiñendo de rojo afeite la línea de sus pensamientos. Quiso entonces el azar que el sol sintiese celos del maestro vienés, y ambicionara disputarle el protagonismo creador, dibujando con sombras la línea de un nuevo horizonte en formas de mujer sobre la ajada tarima del estudio.

 

Enaltecido por la afrenta del astro rey, Klint se apresuró a convertir sus actos en magnicidas movimientos, presto a estrangular los rayos purpúreos con las persianas y cortinas del ventanal. Quiso la fortuna y el ojo diferente del secesionista que la marabunta de utensilios desperdigados por la habitación hiciese torpes e imprecisos sus movimientos, obligándole a poner ojo en todo espacio libre sobre el que apoyar su enorme físico. Cuando sus huellas profanaron la regia silueta que ensombrecía parte del pictórico mausoleo, su ojo descubrió que este se extendía en un punto infinito más allá de la línea que a bien la hermosura tiene por prudente en el rostro femenino.

 

-¡Quieta! ?sentenció, como quien da la orden de abrir el foso para que cuelgue el ahorcado.

 

Inmóvil, apoyando los pinceles en el suelo como si fuesen las patas de una araña que se acerca sigilosa a su presa cautiva, el artista fue doblando poco a poco su cuerpo, mientras desmenuzaba maravillado la línea curva que formaba la nariz de la desnuda musa sobre el suelo. El mismo roce de sus pechos, turgentes y desafiantes, que cortaban la madera de la tarima en un duelo con la lisa llanura del bajo suelo, no lograban desconcentrar al pintor, que indiferente examinaba desde una y otra perspectiva la nueva forma que ya dibujaban sus ilusiones sobre el lienzo.

 

Tembloroso, se atrevió a mirar a la musa a la cara, más allá del centro de su sexo, de sus volúmenes y de la línea que dibujaban sus clavículas sobre el blanco de los bocetos imaginarios que creaban sus esperanzas.

 

?Ahora? ?piensa, con una renuncia de angustia.

 

Sabiendo que ya ha encontrado el origen de su belleza, alza la cara para mirar a sus ojos, y los baja por el tobogán de su apéndice. Sintiendo que la curva por la que se balancea su mirada, enerva el ansia de belleza impidiéndole respirar. Toma su cara con la mano y la gira para ver el dibujo de su perfil ??Así, como Marco Antonio o César sucumbieron ante la efigie de Cleopatra, sintiéndo cómo Horus posee mi alma para llevársela volando más allá del río de la vida, que cruza el puente de su nariz?.

 

Su pelo negro y rizado decide entonces atraer la atención del pintor, furioso por no ser más que el coro en esta ópera de inspiración. Meciéndose al son de la brisa de sus propios celos, comienza a entonar una canción estremeciendo sus cabellos como las cuerdas de un arpa mitológica.

 

- ¿No soy yo, por ventura, el origen de vuestras ensoñaciones? ?pregunta, con el timbre meloso de quien se sabe suave y poseedor de la fragancia de lo prohibido- que habéis de fijaros precisamente en la única parte del cuerpo de mi señora que jamás inspiró más que asombro a quien quiso robar la lujuria de sus besos.

 

- No entiendes, desagradecido, que no todas las partes del cuerpo de tu dueña pueden crecer, encogerse, cambiar o simplemente ser cortadas como tú. Que si bien, los pechos, las piernas, e incluso la sonrisa son cosas mutables, que cambian a lo largo de los años y juegan a la armonía con independencia del resto del conjunto. Una bella nariz es mucho más que todo el resto, pues le da la importancia que se merece al resto de las cosas bellas.

 

- Prefieres vilipendiar a la exultante sonrisa que hizo que subieses aquí a tu musa para pintarla y hacer de ella historia viva del arte.

 

- Las sonrisas vienen y van, desaparecen y muchas veces se regalan falsas. Nada hay más sincero que la belleza de quien sabiendo que un rasgo desconcierta a todos los demás, logra unirlos para crear la beldad que posee tu dueña.

 

- Klint es entonces el artista de las narices, cuando todo el mundo se ha empeñado en censurar la lujuria que destilan siempre el color con que pinta los cabellos, el tono rosáceo con que difumina el contorno de los volúmenes de sus musas, el rojo carmín con que se entrecierran sus labios?

 

- Aprende, ingrato, que sin ti la belleza cambia, pero no siempre desaparece; en cambio sin su apéndice nasal, no hay quien al mirar no sea respondido con lástima o miedo.

 

El artista deja que su mente permita fluir las palabras en una lejana canción, los vibrantes repiqueteos de los cabellos no logran hacerle salir de su obsesión. Desnuda, la musa torna los ojos esperando que Klint deje de mirar fijamente su nariz y ponga sus manos sobre los pinceles. Sueña con un cuadro en el que el oro esconda su palidez, un sueño hecho pintura donde él es el amante y quien se entrega. No se atreve a mirarle por más pistas que le ha dado en el cuadro que pinta con su mirada, y las cosas que él dice en estos momentos a sus ojos. Sabe que su discusión es una declaración de amor, pero le cuesta creerle, soltarse y correr a abrazarle.

 

Klint se retira asustado de todo lo que le ha contado sin decirle nada. Se quita su disfraz de artista famoso y sueña con poder pintarla sabiendo quien es en realidad.