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20/07/2006 · La luna en cáncer.

Hoy dejo esta tribuna a alguien que domina el arte de las palabras con la maestría del que las necesita como el aire para vivir. Se trata de mi amigo el escritor Javier Sánchez Blasco; quien rehusa que se le denomine como tal, pero que a la vista de la cantidad y sobretodo de la calidad de su literaria carrera, no queda sino ser justos a la hora de expresarse.

 

Javier me ha mandado un breve cuento como su obsesión particular, es la primera que recibo (si os fijais, en la esquina inferior derecha de la página hay un enlace para enviarme comentarios u obsesiones) y me ha encantado, así que quiero compartirla con los visitantes del diario de obsesiones. Si quereis conocer más acerca de la obra de Javi, publica un divertido blog sobre su pollo de peluche Olegario, al que puedes acceder pinchando en el enlace que hay debajo de la fotografía.

 

En el blog, los visitantes deben convencer a un personaje de que perdone la vida a Olegario, pero poco a poco se ha ido convirtiendo en un diario donde se narran las aventuras del pollo. Un ejemplo del surrealismo literario que poco a poco va dominando muchas de las páginas de la red. Les dejo con el cuento, espero que disfruten tanto como yo:

 

 

 

 

La pequeña constelación de lunares se movía lenta, casi imperceptiblemente, al compás del espejo, en el cielo blanco y lechoso de su espalda. Son cinco y sospecho que no se trata de simples fragmentos de piel pigmentada.

 

Al menos uno de ellos es de chocolate. Del de antes, amargo y espeso; adictivo como el mal, como la noche y el fracaso.

 

El segundo es de café. Del que quita el sueño de verdad y revela a quienes se encuentran en su entorno como tahúres, brujas y asesinos.

 

Hay un tercero que aparece y desaparece, porque es en realidad es un insecto. Se posa de vez en cuando y después vuela, vuela... y deja las gotitas de sangre que se ha llevado en el aguijón en los labios de un reloj de pared, tic, tac, tic, tac...

 

El cuarto, el más oscuro y diminuto de todos, es en realidad una gota de pensamiento, que dejé ahí sin querer un día que soñaba que era cercanía, o lluvia, o no recuerdo qué. A lo mejor, de lo que se trata en realidad es de una lágrima de deseo y temo que pueda hacerse más grande, llegar a ocupar sus pechos, sus muslos, su pubis, devorarla...

 

El quinto no se ve, porque es del mismo color que su piel, tan sólo puede distinguirse si acaricias su espalda suavemente y notas la pequeña ondulación, su exquisita redondez, su tacto rosado y aterciopelado. De otra forma, pasará desapercibido. Se trata del punto donde convergen todas las líneas. Donde se quedaría hipnotizado el ojo del estratega de verle, desde donde se le puede tocar sutilmente el corazón o los labios interiores, la comisura de los pezones y más allá incluso, las mejillas de su hermana pequeña o el pecho inesperado de un viejo amor.

 

Según van alienándose en su lento y casi imperceptible errar, suceden lo mismo que cuando lo hacen los planetas y estrellas en el firmamento: cambia la suerte, el destino se hace insignificantes, se hace en el nudo de una corbata y se deshace en un lazo íntimo. El universo parece abarcable.

 

Y como los cinco lunares forman parte de una constelación, para mi muy muy lejana, no dejo de prepararme para el viaje como el más aguerrido héroe de Cabo Cañaveral. Observo el suelo desde lo alto con deseo. O ensayo pintura de camuflage al amanecer. O bien limpio con el dorso de mi mano mis labios manchados de luna en polvo. El entrenamiento, la preparación, son cada vez más duros.

 

Pero debo estar preparado. Por eso he depositado el fragmento de cristal de colores en el interior del botecito vacío de mermelada. “Toma”, le diré, “Cógelo en tus manos, no apartes tu vista de él,  ni el calor de tu roce”. Ella entonces me mirará, con un gesto de no comprender y yo tendré que decírselo. “Tengo miedo de los eclipses que provocan los abrazos y de que mi oscuridad acabe invadiendo la tuya cuando tus lunares dejen de percibir luz”. Y ella seguirá afirmando extrañada, sin saber que decir. Yo entonces agitaré el botecito con el cristal de colores dentro y le diré: “pero cuando eso pase, tu ya habrás guardado aquí tu luz. Podremos abrir el botecito. Nos podremos salvar”.