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19/12/2008 · A vueltas con el carrusel

He recibido un mail con un texto de Bertrand Russell, pidiéndome que lo incluya como una segunda parte del anterior.

"Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad."

La comprensión de este texto es posible sin un conociendo del autor. Son tres sentencias que hablan por sí solas, aunque el trasfondo que permanece es la oportunidad que Bertrand Russell nos ofrece de encontrar un camino a la felicidad. El primer paso es el amor, un paso necesario sin el que no es posible dar los otros dos, y que a la vez no es posible sin estos.

 

La vida da muchas vueltas, sobretodo en el amor, y cada día le veo mayor parecido con un carrusel, que pasa siempre por el mismo sitio, y en donde lo único que cambia es la atracción sobre la que nos montamos.

 

En mi caso el carrusel se hace presente estos días porque tengo uno plantado en la plaza a la que da mi ventana, y su música es la banda sonora de todo lo que pinto o escribo.

 

A las diez de la mañana, de lunes a domingo, arranca la melodía de la Abeja Maya, Supergol, Los caballeros de Zodiaco... Toda una vuelta a la infancia que puede resultar perjudicial para mi salud mental, y la de mis vecinos; pero me viene muy bien para la temática de mi próxima exposición (sobre el síndrome de Peter Pan).

 

Esta noche, al verlo girar, he creído ver en la estela de sus luces, nuevos colores que creía perdidos en alguno de mis cuadros. El caballito refulgía destellos de un rojo pasión, mientras que el carruaje ofrecía un tono verde, que se apagaba conforme lo consumía el azul marino de un elefante insomne. Parecían miles de mariposas, cada una de un color, que volaban hasta mí para pedirme que les pintara de nuevo.

 

Cogí los pinceles y me enfrenté a la página en blanco desde mi ventana, esperando la llegada de las mariposas… que nunca sucedió. Tal vez la altura o el miedo a esta, pesaba mucho para ellas, y decidieron que no merecía la pena arriesgarse.

 

Volví de nuevo entonces mis ojos a la habitación, esperando que al menos su sombra me recordase algo del color que un día tuvieron, pero sólo quedaba el lógico negro de lo que no es más que una traición de la realidad.

 

Recordé entonces que Peter Pan siempre acababa buscando a su sombra y que en esta labor era cuando más interesantes se volvían sus aventuras, así que me dispuse a ello.

 

Lápiz en mano, me enfrenté a los piratas, indios y cocodrilos sobre el papel. Busqué pintar un mapa para volver a Nuncajamás, pero las sombras sólo me hablaban en negro. Y sin color, yo no soy capaz de pintar, sólo de escribir…

 

Levanté los ojos y miré lo que había hecho. Eran estas palabras, que pretendiendo ser un cuadro en el que pintaba todo el color que fue en su día, habían despertado al negro de la tinta.

 

Miré de nuevo fuera. En el carrusel, el color daba mil vueltas contando mil historias que ya nunca serán.

 

Rojo, verde, azul marino…

 

En mi habitación, tan sólo la sombra de su recuerdo.