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27/07/2009 · Azul horizonte

Ha pasado más de medio año desde la última vez que escribí, lo siento por todos los que me habéis mandado mails pidiendo nuevos textos durante este tiempo. Pero, la verdad… no tenía nada que contar.

Esta vez sí. Les voy a escribir una historia que imaginé este fin de semana volviendo a mi casa, mientras el horizonte dejaba atrás el azul de una noche diferente:

La antigua cultura griega es hasta la fecha la referencia indiscutible en filosofía. Nunca ninguna civilización ha superado a esta en sus reflexiones, a pesar de la lógica evolución que nuestro mundo ha vivido durante todos estos siglos.

El Ágora era el lugar donde los griegos discutían y exponían sus ideas para llegar a verdades comunes que superasen las reflexiones individuales.

La Academia era donde el maestro enseñaba al alumno, y a la vez aprendía de él.

Esta es la historia de uno de estos maestros, que olvidó que existían verdades más allá de las suyas, y tuvo que descubrirlo en las palabras más sencillas que sus ojos nunca vieron…

“Paso a paso, así es como siempre se ha reflexionado en Grecia.

El viejo Maestro camina sólo, sumido en sus pensamientos. Su sombra, como única compañera, es el destino de sus divagaciones. Como buen filósofo, ha aprendido a conversar con ella, a escucharla, a dejar que sus pensamientos invadan los suyos y debatan. Pero el viejo Maestro está ya cansado de reflexionar con ella. Sus pensamientos son siempre grises y oscuros, como su tez. Y anhela la luz y el color en ellos.

¿Acaso es la edad la que convierte en funestas sus deliberaciones?
El viejo Maestro ha notado que, conforme pasan los años y su cuerpo se hace más y más pequeño, su sombra se alarga… y esto ha convertido en muy poderosa a su interlocutora.

Sin embargo, el viejo Maestro sabe que es su compañera más fiel, la única que no le ha abandonado durante todo este tiempo. Aquella que siempre ha estado a su lado pasara lo que pasara y en la que podía confiar. Durante su juventud, el maestro tuvo otras compañías, junto a las cuales reflexionó, debatió y aprendió mucho. Fue una época en la que descubrió el color, la luz... y muchas otras verdades. Pero todas acabaron demostrando que no eran absolutas, tarde o temprano… que tras la luz, siempre llegaba la oscuridad; y cuanto más ha brillado una verdad, más tardan nuestras pupilas en adaptarse de nuevo a la noche.

Fue entonces cuando el Maestro descubrió la gran verdad que había de consagrarle entre los filósofos griegos, y no era otra que una verdad sobre el amor.

El amor: Un sentimiento que cambia a la vez que la persona. Que vive y sufre sus ilusiones y desengaños, y que es como una naranja, que necesita tiempo para madurar, y que cuando se entrega, deja tan sólo una cáscara vacía donde antes estaba la persona.

El Maestro aprendió la verdad más dolorosa, y es que cuanto más grande es el amor, más vacío deja cuando desaparece.

Esa tarde, sus reflexiones giraban de nuevo sobre este tema, y su sombra le devolvía su retórica más lúgubre.

Fue durante el paseo cuando el maestro se encontró a una niña que miraba al horizonte sin apenas moverse. El cielo se reflejaba azul profundo en sus ojos, como un mar infinito en el que nunca sería posible encontrar tierra.

Intrigado por estos ojos, el maestro preguntó a la niña el secreto de su color, pues anhelaba poder grabar en su corazón las palabras que los describieran.

- No existe tal secreto -, respondió- Mis ojos son sólo el reflejo de lo que ven.
- Pero mis ojos están viendo el mismo horizonte que los tuyos, y no son de este color, sino mucho más oscuros.
- Eso es porque han olvidado cómo mirar.

El maestro entonces, irritado, se acercó a la niña. Su retórica se volvió oscura y su sombra se alargó hasta tocar su rostro e intentar oscurecer sus ojos.

Sin embargo, la niña, desafiante, levantó su mirada y el reflejo y la luz de sus ojos deslumbraron al maestro y aclararon su sombra. Cuando el viejo maestro sintió el alivio de no cargar con la oscuridad de su fiel compañera, miró de nuevo esos ojos y sintió que en ellos se escondía una verdad absoluta que él había olvidado cómo buscar.

Una verdad, sobre una palabra, el amor. Que ya no era una cáscara de naranja vacía, sino un torrente de vida que corría libre fuera de esta; que había sido liberado mediante el sacrificio y la entrega, y que aquel era el verdadero secreto que nunca había querido conocer hasta que lo descubrió en los ojos azules de una niña, que tuvo el valor de aguantar su mirada y liberarle de una sombra que no era sino su oscuridad más íntima… que él había convertido en compañera.”

Se que han pasado muchos días desde la última vez que escribí, y que además es una historia compleja con la que enfrentarme de nuevo al teclado y el ratón, pero gracias a ella, he llegado a otra conclusión importante que dejo también escrita en este blog, a modo de moraleja:

“La soledad ocupa siempre el espacio que no dejas a la esperanza.”