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13/08/2006 · Mientras Gaia Zeta sucede.

El atardecer tiñe carmín sobre las olas del Mar Menor. Brindando burbujas de reflejos en las retinas, celebrando las sonrisas de cartón el éxtasis lujurioso de la naturaleza.

 

Sobre mi cabeza el sueño arrepentido, y el eco frío de la noche todavía gozando de mi somnolencia.

 

La música de fondo destila Chill Out. El Zeta vibra al unísono del DJ; adquiriendo formas sinuosas la arena bajo el frenesí de los menos cohibidos. Todos a una, formando una pequeña Gaia en la orilla de la playa.

 

Son las nueve de la tarde y los ojos menos vidriosos contemplan cómo el sol anuncia triunfante que un día más ha vencido en la batalla contra la oscuridad y se retira a su merecido descanso. Todas las miradas viajan del ser amado, del compañero, del amigo o de la conversación; al reflejo de su eco colándose entre los barcos que danzan en la orilla.

 

El Zeta es nuestro cobijo hoy tras el arañazo de Pilar en mi ansia, postergando el sueño en la vigilia infinita y el posible despertar en la vida que no cesa. Eduardo mira al frente, aparta sus ojos del sol y sorbe por la pajita medio melón, ron, licor, hielo? Todo ese mejunje que sólo puedes encontrar en el Zeta de La Manga. Resulta difícil no buscar comparaciones con postales ibicencas, canarias o similares. Pero el Zeta tiene la historia como argumento, la vida de cada uno en sus venas.

 

Antes llamado el ZM 101, donde mis tíos acudían para conocer lo que la pérfida Albión podía violar a su inocencia. Más tarde el ZM, robando en su apellido el carácter murciano y cosmopolizando el asiático y el granizado de limón con Negrita.

 

Hoy el Zeta; donde se reúnen sin conocerse pero se sienten todos los que forman parte. En la unión mística que solamente puede brindar el ser parte de la naturaleza en un ente común, sentir dentro de uno cómo los colores que destila el atardecer transforman tu espacio y tiñen tu cuerpo para hacerte miembro. Tal vez un lugar superficial y aparente, pero que recoge muchas de mis horas y muchas de mis historias.

 

Hoy la más cercana todavía latiendo en mi pulso; la continuación de un beso que no pude olvidar y del que resentí por miedo, creyendo poder encontrar en otros muchos labios la intensidad que la cantidad no supo suplir a la calidad. El miedo a lo desconocido y a ser parte de algo para alguien que nunca se ha sentido miembro de nada por saber que es diferente y que suplica día tras día ser pieza, parte, otro... aunque para él signifique ser ciego, cojo, mudo... Qué terrible significado puede tener la palabra otro cuando expresa la relatividad de ser como lo demás.

 

Queman por tanto los labios más hoy que ningún día, al saber tan cerca el alma que puede calmarlos. El rojo del sol calumnia sobre el rojo de sus labios, envidioso de querer parecerse a ellos o al menos poder dar su calor.

 

Surge entonces de las olas una bella sirena, pero todos están ya dentro de Gaia Zeta y no parecen sorprenderse del prodigioso hecho. Eduardo mismo no acaba de darse cuenta pese a estar a mi lado, de cómo mis ojos siguen su desnuda figura arrastrándose a duras penas por la arena, dejando en un surco de dolor y escamas lo que le supone llegar hasta mi mente para hablarme.

 

- Sangra tu mejilla -susurra- No debieron ser tan dulces sus besos.

 

- No es de herida sobre mi carne de lo que se tiñe donde antaño estuvo mi sonrisa, sino del rojo de mi vida escapando en lágrimas que no pueden supurar mi herida.

 

- ¿Cómo después de tanto tiempo, de tantos otros besos, puede desgarrar tanto en ti el recuerdo?

 

- Porque los besos que mis labios probaron en otros labios fueron simplemente labios, sin embargo, el roce de su beso en mi boca, traspasó mi carne y traspasó mi alma, me hizo conocer y temer, sentirme solo y a la vez descubrir ser parte. Revelarme que no estaba sólo y a la vez que había descubierto lo que es la soledad.

 

- Entonces por qué huiste, por qué dejaste escapar de sus labios la súplica en lugar de su risa, y el adiós en vez de su ilusión.

 

- Tú más que nadie, que surges mitológica de debajo del horizonte, debieras conocer mi miedo.

 

- ¿Yo? Si no soy más que espejismo de tus dudas y palabra de tu arrepentimiento ¿Qué culpa debería tener yo?

 

- Es por tu cuerpo, por tus aletas en vez de piernas, por tu mística en lugar de tu razonamiento, y por tu simbología en vez de tu simple imagen, por lo que naces de las aguas en desahogo de la opresión de mis lamentos. Por tu belleza que logra consumirme, por tu perfecto cuerpo que es una promesa de femineidad absoluta y por la promesa que implica tu amor que no es otra que condena, por la que descubro que mi miedo fue acaso la razón por la que huí de sus labios en lugar de correr a refugiarme en ellos.

 

- No soy más que simple y solitaria sirena, ojos, boca, pechos, escamas?

 

- Eres más que eso si representas mi miedo en esta tarde junto a las olas. Mientras la gente baila, las parejas hablan, la música suena, y todos permanecen ajenos a que en este segundo, yo mantenga una conversación con una sirena, bella, seductora, segura en su voluptuosidad y en apariencia.

 

- No soy más que el reflejo de lo que tú creas en este segundo, mientras tu cuerpo permanece quieto, tus oídos escuchan la conversación de Eduardo, y tu otra mitad, esa que nunca puedes detener porque no sabe estarse quieta, porque te tortura con ideas, palabras, historias, pensamientos, imágenes, soluciones y un mundo eterno que luego necesitas expresar en tus lienzos, tus cuentos, tus libros? Tu virtud y a la vez tu condena. Hoy soy sirena y quiero saber por qué no me has dado su cuerpo para hablarte o sus labios para inspirarte.

 

- Porque sobre tu imagen yace la culpa de mi desdicha.

 

- No comprendo.

 

- Ítaca no es un pensamiento, es un destino. No es Penélope en la eterna espera para mí, sino otro bien distinto pero Ítaca a fin de cuentas. Y en sus labios y en su abrazo reflejé lo que ahora eres, mi sirena. Y como Ulises, amarré fuerte mi cuerpo al barco que recorre el camino a mi destino, si bien al no tener cuerdas usé brazos de una, dos, tres y hasta cien mujeres para sujetarme. Bebí de sus cuerpos y respiré de sus bocas. Un día dos brazos, otro día cuatro, nunca fueron suficientes pues el canto de tus labios volvía loco a mi ser y continuaba tu melodía perforando mi voluntad. El canto de mi sirena Pilar. Que cuando fue escuchado, nunca pudo dejar de sonar en mi cabeza.

 

- Mientes al afirmar que sonaba mi canto tan fuerte, si soy yo quien dices que represento. Nunca soltaste las amarras para arrojarte en mis brazos.

 

- Hasta ayer que lo escuchaste de mi boca.

 

- No fue suficiente, mi garganta estaba seca de cantar y sobretodo de llorar.

 

- Cuanto más tiempo pasaba, más brazos necesitaba para impedir arrojarme al mar en busca de aplacar mi sed por ti.

 

- ¿Y por qué entonces no bebiste? ¿Es veneno la saliva de mi boca?

 

- Las sirenas hacen que el marinero las goce, pero sólo puede hacerlo en su mar. Cuenta la leyenda que el marinero no muere de vuestra maldad, sino de vuestra mezquindad. Pues al no ser de tu mundo, calma su sed del mar, y cada gota de agua salada, dobla la sed, como cualquiera que haya probado el agua salada sabe. Y al final muere, no de sed, sino de desbordamiento.

 

- Soy mezquina y fue mezquina entonces mi promesa?

 

- No, se bien que no eres sirena, sino que yo quiero verte como tal. Se bien que de tus labios la única sal que probaré será la de tus lágrimas de alegría. Pero mi destino llamaba a Ulises porque ser Ulises es su destino.

 

- Y entonces por qué vuelves a buscarme, por qué suplicas mi canto y mi sal si es tu condena.

 

- Porque el miedo me impidió ver que la verdadera Odisea es Penélope, siempre Penélope, y no las gestas y los poemas eternos. Cegado por morir del sueño, no comprendí que se hacía realidad en tu simple beso, que había llegado a mi destino. Que mi lucha ya no tenía sentido ¿No comprendes? Sólo soy un luchador y temblaba de pensar en la victoria no como un fin, sino como un final.

 

- ¿Tiemblas hoy al declarar tu miedo? Pues sabes que en tus palabras puede encerrarse el mar, la sal que atenace tu garganta.

 

- Bebería agua del mar si fuese de tus labios. Sospecha si fuese toda esperanza. Agonía si fuese toda tu calma.

 

- ¿Por qué entonces hablas conmigo en lugar de hacerlo con ella?

 

- Porque mi maldición es vivir cien vidas cuando otros están viviendo una frente a mí. Porque temo morir si no es con ella. Porque mi maldición es también mi protección. El mundo debajo, pero siempre sólo.

 

- ¿Qué hacemos entonces?

 

- Eso sólo puedes decidirlo tú. Esta ha sido mi única oportunidad de hablar contigo. Mi única forma de hablar sincera, que es conmigo mismo. He desvelado mis miedos y vergüenzas, mis pecados y también mi necesidad de ti. Hoy escuchas o lees estas palabras y las sabes sinceras. ¿Será entonces Penélope mi Odisea o mi destino? So sólo puedes decidirlo tú.

 

Cuando termino de hablar la sirena vuelve al mar, esta vez caminando por la arena, pues no es sirena. La música de fondo destila Chill Out. El Zeta vibra al unísono del DJ; adquiriendo formas sinuosas la arena bajo el frenesí de los menos cohibidos. Todos a una, formando una pequeña Gaia en la orilla de la playa. Todos menos yo, que nunca formaré parte de nada, ni siquiera de ti.