compartir

12/09/2006 · La sopa boba

En una ocasión, respondía a las peguntas de una entrevista en la radio, acerca de la exposición que inauguraba esa misma tarde en Cartagena.

 

El locutor indagaba acerca del tema común existente en las obras de la muestra: la belleza; y me cuestionaba sobre si este era mi referente a la hora de crear.

 

Mi respuesta fue negativa, y le expliqué que la exposición era el resultado de mi búsqueda como artista de un lenguaje con el que poder liberarme de los sentimientos que no podía expresar de otra manera, y que en esta ocasión, había querido simplemente hablar de lo que la belleza me expresaba sin más.

 

- Entonces? se pude decir que has encontrado tu paz interior ?dedujo en voz alta.

 

- La paz es para los soldados, los artistas no conocemos el significado de esa palabra ?es la arrogante respuesta que salió de mis labios, sin meditarla demasiado.

 

Y el locutor, pensando que había sentado cátedra con semejante sofisma, indagó el resto de la entrevista sobre los traumas en que puede derivar el arte, los míos en concreto. Jorge Bucay le hubiese contratado como negro si hubiese escuchado la entrevista.

 

Como frase puede resultar demasiado categórica, pero he de reconocer que no carece de sentido en cuanto a que el verdadero artista es el que necesita del lienzo para vivir o se consume en sus propios fantasmas. Aquel que no haga esto, simplemente pinta y colorea.

 

Sin embargo este sentido para el arte, no es el que aporta al artista nada interesante que ofrecer a su sociedad, y es la sociedad del artista el espejo de este mismo, debiendo parecer un reflejo de la misma cualquier obra que contemple una persona.

 

El arte, sebe ser siempre un manifiesto, un grito de color que debe ser escuchado.

 

Pero es cuando el grito es de otros cuando realmente el artista encuentra sentido a su obra; un sentido como fin último de su labor? ?podría decir social, pero en realidad es algo más humano, a fin de cuentas el artista no es un filántropo sino un egoísta que busca completar con el arte su lugar en este mundo.

 

¿Es egoísmo entonces todo acto artístico? En cierta parte podría considerarse que sí, pero resulta más un ejercicio humano que convierte al artista en persona; a fin de cuentas, todo acto humano es un acto de egoísmo siempre en cuanto esta y no otra motivación por muy filantrópica que sea es lo que mueve al ser humano a realizar sus actos.

 

Si bien en el arte, este argumento encuentra aún más clara contraposición, pues el arte es un ser vivo que susurra al artista la obra para manifestarse en ella. Es deber del artista traducir la humanidad del arte para que sea comprensible por el lector u observador.

 

De estas reflexiones cabe deducirse que el arte viene a ser un ente abstracto e independiente del artista, y que este último no es sino su instrumento o como mucho un catalizador.

 

Pero el arte, como todo, tiene su origen en el hombre, y es a través de la socialización indirecta del hombre donde se crea el lenguaje que posteriormente utilizará para manifestarlo. Podría incluso explicarse esto último de manera eufemística en una comparación del arte como un sentimiento que brota del hombre y forma parte del instinto innato, como pueden ser las lágrimas como consecuencia del dolor, o el concepto de que el dolor es malo. Nadie tiene que enseñarnos al nacer estos datos, son propios de la percepción de hombre desde su principio.

 

¿En qué cabe entonces esta reflexión sobre el origen último del arte? En que el artista, lejos de ser el embudo de los sentimientos de un ente abstracto e individual como el arte, es el origen del mismo y a la vez su víctima indirecta, pues si bien los sentimientos nacen de la persona, trascienden a esta y sus manifestaciones resultan a priori del conocimiento mismo de estas. Como diría Platón existen desde siempre y nosotros sólo hemos de descubrirlas.

 

¿Puede tener el arte entonces un sentido social al igual que otro tipo de comportamientos inherentes al ser humano como la protección de la especie? En efecto, aunque debe observarse este de una manera individual que es disfrazada por conceptos no tangibles de la razón humana, y que en mayor o menor medida condicionan el comportamiento del individuo.

 

Todo acto artístico por tanto es un encuentro del artista con su yo más íntimo; aquel que trasciende a su conocimiento consciente e incluso al deducible de manera racional, pues en su composición se mezclan ideas y sentimientos genéricos que únicamente toman forma en la medida en que se entremezclan en distintas cantidades; partiendo siempre de una idea de sentimiento unidireccional con un máximo y un mínimo, para ser comprensible por la mente humana aunque esta definición no sea real por tanto en cuanto no es cuantificable ni absoluta en su direccionalidad.

 

Este ejemplo queda más fácilmente asimilable si utilizamos el concepto de sopa. La sopa es un caldo que tiene un sabor determinado, esta buena o mala (según los gustos, claro), como cualquier intento de manifestación artística agradable o desagradable. Podemos pensar que la sopa está fría, pero puede estar más o menos fría. Además la sopa puede parecernos más o menos salada, y para colmo, hay que entender que la sopa no es simplemente un caldo de un color y un sabor, sino que está cocinada con una pastilla de loquesea, un trozo de carne, puede que aceite, patatas, agua? Y a la vez ese agua tiene más o menos cloro, sales minerales, cal? y con el resto de los ingredientes lo mismo?

 

Pues eso, el arte es arte como la suma de elementos, y la sopa es sopa por lo mismo. Cada elemento es a su vez sopa también y tiene sus propias percepciones, pero al mezclarse ofrece un resultado distinto.

 

Viene a significar que el arte es suma de demasiados elementos, no todos comprensibles por el ser humano; pero el resultado directo, sabemos si es bueno o es malo en función de los ingredientes que aporte el artista y su manera de cocinarlos, aparte del buen gusto que el comensal tenga en la mesa, lo que no siempre es muy frecuente.