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19/09/2006 · Trapos sucios

Diez y media de la noche, en el ordenador suena La valse des monstres, de Yann Tiersen; suave, aquejando el ritmo de mi teclear sobre el tablero, robando quizá de la nostalgia la inspiración que necesito frente a la pantalla en blanco.

Es la tercera cometida contra su rostro sobre el lienzo, y me obliga cada día a desistir de ponerle un nombre.

 

Su imagen acaso es una simple idea, esta es la causa de mis desvelos, de mis arremetidas vanas. Un rostro que no compromete a la expresión porque carece de ella, que no roba al color su lenguaje pues no tiene nada que contar.

 

Esta es la razón por la que el cuadro incapaz cuelga de las paredes de mi habitación vacío de expresión, insulso en su contenido. Robando el sueño cada mañana cuando me obligo a mirarlo y preguntarle cara a cara el por qué de su necedad conmigo.

 

Pero este cuadro a diferencia de los otros, no habla conmigo. Tal vez es porque no conozco el timbre de su voz en el mundo de las ideas, o porque nace de la necesidad de expresar el vacío.

 

Cuando lo comencé, simplemente quería crear, adornar una escena en la que lo importante no fuese la intención, sino el lenguaje. ¿Pero qué significado tiene esto para el artista? Ninguno, la verdad. Si no hay nada que contar, no merece la pena abrir la boca por muy bella que sea la melodía que salga de ella.

 

Es precisamente en este punto donde nace la maldición de mi cuadro incapaz, en su vacío.

 

De reojo, una chica que un día fotografié en Ginebra parece ser un elemento más del paisaje mundano de la cafetería. Copas, botellas, dulces y pasteles entre los que se oculta su rostro que parece en todo momento estar ausente.

 

Los pasteles sí; los pasteles me gritan desde el lienzo. ¡Sabor! ¡Color! ¡Extiende tu mano! ¡Cómeme! Las botellas emborrachan al mirarlas y se ponen ellas mismas vidriosas antes de imaginar siquiera su contenido. El humo de los cigarros tapa la escena y molesta, llena las paredes de mi habitación y mancha el techo todos los días. La chica simplemente me mira de reojo.

 

No es curiosidad, ni despecho, ni nada. Simplemente mira; esa era mi intención desde el primer día y esta es precisamente mi frustración, pues me parece condenarla a un vacío que puede no ser real.

 

Ni siquiera una maldita lágrima o el breve corrimiento de un poco de óleo en la comisura de sus labios? para acusarme, para darme signos de que está viva. Me maldice de la peor forma en que se puede maldecir a un hombre: ignorándome.

 

La valse des monstres retumba al ritmo de mis dedos, que golpean furiosos el teclado. Debería cargar mi paleta y todos mis pinceles, mis espátulas, mis dedos? y disparar hasta conseguir arrancarle un quejido? pero entonces mi cuadro tendría sentido?

 

Acaso la verdadera razón de esta obra sea despertarme al arte como la simple interpretación del espectador ante lo bello.

 

Pero no. Renuncio, Puede que este acto me convierta en un genocida de mis propias obras. Mutilándolas en mis frustraciones, pero mejor tapar de trapos sucios sus desnudos cuerpos, que dejar que mueran de frío.

 

El arte es calor, aunque esté sucio de pasión.

 

Queda inaugurada la temporada Trapos sucios, otoño 2006.

 

Apago a Yann Tiersen, mi biblioteca de sonidos me ofrece una sonata de Richard Wagner que empieza a retumbar por la habitación. Como diría Woody Allen, ?cada vez que escucho a Wagner me entran ganas de invadir Polonia?.

 

Miro la pintura incompleta, si no has de contar nada no mereces ser bella.

 

El rojo impregna mis dedos, contaré con ellos mis trapos sucios.