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16/10/2006 · La última obra de Salvador Dalí.

Si bien en un principio se trataba de un viaje de placer, al final el arte surge en cada recoveco que puede asaltarte en una curva del camino. Y qué camino? les recomiendo que si un día deciden visitar Cadaqués, se lleven un GPS de última generación, pues los catalanes son muy proclives a que nos gastemos hasta el último de nuestros euros en sus gasolineras. El método es muy fácil, no coloque ni un solo cartel de los lugares más turísticos en cuanto crucen la demarcación con Aragón o cualquiera de sus comunidades limítrofes.

 

Pues en esas estábamos. Todo prometía pese al lluvioso tiempo y que llevábamos una hora dando vueltas en el coche perdidos. Por suerte tan sólo eran casi la tres de la mañana? Sonaba en el radiocasete del coche (que no entiendo por qué todavía se sigue llamado así si nadie escucha ya la música en cintas, salvo mi amigo Cristian que sigue llevando walkman con una goma elástica atada la tapa).

 

Empiezo de nuevo. Sonaba en el radiocasete del coche una canción de Frank Reyes que habla de una mujer a la que le reprocha ser ajena durante la historia que vivieron. Me la enseñó mi primo Fede, quien la escuchó en un viaje a la Española (Hoy República Dominicana y Haití). La conversación en el coche versa sobre la visita que vamos a hacer al día siguiente al Museo Dalí en Figueres, y lo que vamos a poder observar.

 

La llegada a Cadaqués bajo un aguacero supone un alivio al sueño acumulado. Les recomiendo la visita, aunque no la permanencia salvo que vayan muy bien acompañados (como era mi caso). Pueden descubrir las siluetas de los acantilados que el genio de Figueres inmortalizó en sus obras casi en cada esquina del pueblo. Si bien esto le resta inmortalidad al autor, le otorga un poco de cercanía.

 

Y es que la obra de Salvador Dalí me resultaba difícil a la hora de reflejar una personalidad tan variopinta del surrealista por excelencia. A fin de cuentas, un día opté por creerme eso que dijo de El surrealismo soy yo y dejé de machacarme la cabeza con cuestiones Freudianas.

 

Sin embargo, la visita a su Teatro- Museo al día siguiente me hizo replantarme la genialidad del genio más allá de su talentosa imaginación y extraordinaria técnica. A fin de cuentas, el Museo- Teatro no deja de ser un absurdo demasiado ordenado para ser tenido en cuenta. Todo lo contrario a cualquiera de sus obras, que desconciertan por cualquier lugar en donde poses los ojos.

 

Quizá todo sea fruto de la pretensión de hacer cercano o estudiable el trabajo de Dalí. Pero toda esta organización queda en lo puramente formal y el espacio no es aprovechado de una manera verdaderamente surrealista como debiera ser. No deja de ser un museo más con piezas inconexas muy individualizadas y con el común propio a cualquier obra del mismo artista.

 

¿Quiso realmente Dalí que su museo fuese simplemente eso? ¿Un museo? Resulta paradójico y tal vez en ello resida precisamente la más grande de sus surrealidades, si esta fue su intención. Un museo como el de cualquier otro artista de su generación; si bien este recoge su talentoso dominio del juego visual y el trampantojo surrealista.

 

Esperaba algo más, la verdad. Un mensaje unificador que hablase del sentido (o la carencia de este) de su obra. Tal vez es que no supe buscarlo; tal vez es que la noche fue muy larga y la carretera muy mala, o tal vez que me desgastara el sentido crítico que los responsables del museo considerasen dignas muchas mierdas que por muy de Dalí que sean no dejan de ser mierdas, y esto le restase valor al conjunto y exasperase las ansias que tenía de conocer de cerca el tan vanagloriado sacrosantum de mi admirado artista.

 

El caso es que la decepción quedó salvada por la ocasión única de ver en directo las obras inmortales que tantas veces había devorado en los libros, aunque estuviesen apiñadas junto retratos menores y esculturas chuflas que simplemente restaban valor al artista y engrandecían la individualidad de las verdaderamente geniales.

 

Es triste pensar que por ser de un determinado artista una obra tiene que considerarse buena. Pero lo triste es que los responsables de seleccionarlas piensen igual. Tal vez precisamente esta es la última gran obra surrealista que quiso dedicar el catalán a su público, del que tanto se rió en vida. Consiguió que todos formásemos parte de su última ironía. Bravo por Dalí entonces, y tres hurras por sus marionetas. Así lo hubiese querido.