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13/12/2006 · El reposo social

La verdad es que hace ya bastantes, bastantes días que no escribo en el Diario de Obsesiones. Un par de lectores me han llamado la atención, les ruego me disculpen.

 

En mi descargo he de decir que la preparación de la nueva exposición me tiene completamente absorbido. Por las noches no tengo tiempo suficiente para pintar y escribir. Además, no acostumbro a hacer las dos cosas durante el mismo periodo de tiempo. Por eso, hoy que he finalizado la última obra para Trapos sucios, vuelvo a cargar el tintero y disparar palabras.

 

Estos han sido también días de viajes. Vuelta a mi isla para ver los lugares perdidos de Gran Canaria, perderme buscando las dunas de Maspalomas, intentar reconciliar amigos sin conseguirlo, vivir, soñar, amar y morir cada noche que se escapa, para resucitar al día siguiente un poco menos.

 

Resulta raro ver cómo pasan los años y cómo cada vez que vuelvo parece que fuese ayer? (disfrutar del humor de Walter y Víctor nuevamente?)  y sin embargo es como si nunca me hubiese ido y continuase mi vida allí? (conocer a gente nueva, como Héctor y Santiago).

 

A Las Palmas, eso sí, le ha cambiado completamente la cara. No es que esté más limpia, que va; eso le quitaría su encanto. Es que le ha salido un grano en mitad del istmo que cambia totalmente lo que los americanos (y algún español resabidillo) llaman el skyline. Qué edificio más feo ha permitido construir Pepa Lusardo (a la sazón, alcaldesa de Las Palmas) Dan ganas de que la Pansa de burro lo cubra eternamente? ¿Se puede denunciar a nuestros políticos por tener mal gusto?

 

Del viaje lo que más me llamó la atención fue la vuelta a Madrid. La gente camina por las calles con pelucas en la cabeza de todos los colores posibles. Al acercarme a preguntar a un joven con pelo rosa las razones de tan numerosa reivindicación, me contestó muy solemne que no existían tales, y que llevaba la peluca simplemente porque le daba la gana. Parece que le vergüenza desaparece en la capital, y eso es señal de que algo está cambiando en este país y nos acercamos un poco más a la forma de pensar del otro lado del atlántico (Argentina. No piensen mal?)

 

Continué viendo muchas más personas cubiertas con pelucas y dirigí mis pasos a la Puerta del sol, donde me esperaba una sorpresa mayor. Caminando, me encuentro de frente con un grupo de jóvenes que portan pancartas pero tampoco reivindican nada.

 

Escrito en los cartones simplemente figura ?Abrazos gratis?.

 

Y esto es lo que hacen. Abrazar a la gente que pasa por la concurrida Puerta del Sol sin pedir nada a cambio ni intentar colar ningún mensaje. Abrazo a abrazo, puedo ver cómo la gente se despide de ellos con una sincera sonrisa después de recibir su calor.

 

Unos se marchan más contentos, otros ríen abiertamente y otros simplemente lo agradecen. Pero descubro en algunos de ellos un largo lapso de tiempo en el que permanecen suspendidos recuerdos, ausencias o tal vez se espantan soledades.

 

Estas personas que perpetúan el abrazo más allá de lo políticamente incorrecto de asunto, son los que más aprietan. Coinciden todos con una media de edad superior a los sesenta años.

 

Merece una reflexión ¿no?

 

(Tiempo para la reflexión)

 

¿Por qué una docena de jóvenes sale a abrazar a gente que no conoce? ¿Creen que lo necesitan? ¿O porque lo necesitan ellos mismos? Cualquiera de las dos opciones abre una ventana a la esperanza, máxime en una ciudad como Madrid.

 

Recuerdo cuando en Las Palmas acostumbraba a sentarme en el suelo para ver pasar a la gente (desde el suelo se ve a las personas completamente diferentes a cómo aparentan ser), intentando descubrir las historias que eran sus sombras. La mayoría pensaba que en realidad no existía y pasaban de largo sin mover sus ojos para mirarme. Los que me miraban, lo hacían con mal gesto, y alguno se pensaba seguramente que lo hacía para llamar la atención.

 

Una vez un señor se me acerco y me preguntó, con verdadero interés,  por qué no me sentaba en los bancos como debe de hacer todo el mundo.

 

-¿Por qué todo el mundo debe sentarse en los bancos? ?pregunté.

 

El hombre se paró a meditar antes de contestarme y finalmente sonrió, dio la vuelta y se marchó sin decir nada.