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15/01/2007 · Tierra

Mientras sus ojos continúan mirándole con desdén, el pintor sabe que no puede escapar al hechizo de sus sueños.

 

Ella, mirada esquiva, le ignora continuamente pendiente, al final de la barra del pequeño bar; como una canción de Sabina o un cuento de cuando Juan Manuel de Prada escribía de verdad. Sabe del hechizo que causa su desprecio en los hombres, pero jamás se ha encontrado en el camino de un pintor de palabras, que le abruma con su educación altiva, casi rozando la superficialidad, y su mirada que nunca sabe lo que le quiere decir.

 

Se acerca, roza su brazo lentamente para decirle al mismo tiempo, estoy aquí, te ignoro, se que me miras, o necesito reglarte mi desprecio, ven a pedírmelo disfrazado de beso.

 

Sin embargo el pintor sabe que su secreto no reside en sus carnosos y temibles labios, capaces de robarle a un hombre mil promesas y todo el futuro, por conseguir hacerlos quebrar en una sonrisa. La musa debe ser consciente de su poder, pero no ejercerlo nunca, pues el que manda sobre el lienzo es el pintor, y este domina al artista, sus súplicas románticas y sus anhelos de pasión.

 

Cuando el marinero se encuentra perdido en mitad del océano y está a punto de desfallecer de sed, sabe que si sus labios tocan el agua del mar y beben del salado elemento, su sed será mayor y mayor cuanto más beba. Sin embargo, siempre beben.

 

Es por tanto la sed del pintor una agonía que no debe cejar en su empeño de ser satisfecha, mas como el marinero desfallecido, intentar postergarlo hasta que no quede otra opción que morir ahogado en vez de deshidratado.

 

La musa se aleja al fondo de la barra, sudando un rastro de deseo y dejando que arda la piel en donde su roce se ha clavado. El pintor de palabras huye al exterior, se refugia en sus papeles que no han de quitarle la sed ni ahuyentar su ansia, pero que le recuerdan que morir muchas veces es elegir, y que ha decidido hacerlo de devoción antes que de sufrimiento.

 

Sus manos pelean en este instante contra el papel, tropezando sus borrachos dedos en los términos y escuchando cómo su respiración agita el ritmo de su nuevo silencio.

 

Cuando ella sale a mojar la sombra del pintor con el reojo de su párpado, le ve hundido en su deseo, pero triunfante de inspiración, bebiendo del aire bocanadas de esperanza para acallar la sed, temeroso de morir en su desprecio y despertar los sueños en su vilipendio. Pero consciente todavía. Luchando por no beber nuevamente del salado roce de su piel, pugnando por no sucumbir a ver girarle el rostro. Esperando un día más para conquistar al viento y pedirle que grite más fuerte a las velas de su inspiración, para hacer llegar estas palabras a su musa, tocar por fin tierra y beber de su agua dulce, que no de su salado desprecio.