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03/06/2007 · Baile de máscaras

El título no lo he escogido yo, lo ha hecho mi amigo Felipe.

 

Han pasado ya muchos meses desde la última vez que escribí en este blog. Diversos asuntos me han impedido ponerme a fondo delante del ordenador (como requiere todo acto de comunión con la palabra) y desglosar mis pensamientos.

 

Es por esto que he querido honrar a Felipe en mi primer texto después de tanto tiempo. Durante estos meses he conocido mucha gente nueva, con algunos he intimado y con otros no tanto. Pero la verdad es que he tenido la suerte de conocer algunos que me han aportado mucho. Felipe se encuentra entre ellos. Un mail suyo a este Diario de obsesiones es el que me ha animado a escribir. Me he permitido (con su permiso) reproducir parte del texto, una reflexión sobre la coraza con que todos nos pretendemos ser invencibles.

 

?Según el calendario, la fiesta del carnaval se celebra en febrero. Pero? ¿nos quitamos la máscara durante el resto del año?.

Es algo en lo que estaba pensado. A veces, hacemos uso de este instrumento para esconder nuestros miedos, nuestros sentimientos, o para aparentar que somos más fuertes. Si te  pones a pensar, el gran engañado eres tú mismo. ¿De qué te sirve esconder un problema para parecer más ?guay? que el resto de la gente? No entiendo por qué las personas, muchas veces, no terminamos de abrirnos, de relajarnos, de ayudarnos un poco más... Nos hemos vueltos tan egoístas y tan superficiales que sólo nos importamos a nosotros mismos. Hoy he visto llorar a un familiar por primera vez. En cierto modo se ha quitado su máscara y hemos podido ver el alcance de su sufrimiento. No sé de dónde he sacado tanta fuerza para aguantar ese momento tan duro, sin derramar una lágrima. Quizás es porque me gusta llorar en soledad, o porque me da vergüenza, o probablemente porque me sienta débil y tenga miedo a que se rompa mi máscara?

 

A estas reflexiones quise responder con otras, que pretender hacer comprender que el regusto amargo de las lágrimas es necesario para apreciar el sabor dulce de las otras cosas?

 

?La vida es aprender que sufrir ayuda a vivir. Si no conoces el salado de las lágrimas, nunca aprecias el dulce de los besos. Es simplemente esto, un contraste entre dos estados opuestos, pero necesarios ambos en su magnitud. Lo malo es malo o muy malo dependiendo de hasta dónde estamos dispuestos a dejar que lo sea y la vara con que decidamos medirlos. La manera de hacerle frente siempre es mirando a los ojos a la causa de nuestro mal. Conocerla puede ayudarnos a dejar de ver esa máscara a la que te refieres y que en muchas ocasiones son el reflejo de nuestra propia máscara. La que nos ponemos a nosotros mismos, intentando aparentar que somos más fuertes de lo que creemos que debemos serlo.

Llorar no es sucumbir a nuestra debilidad. Es dibujar en emoción el alcance de lo que sentimos; no como un homenaje sino como una reflexión que se cuela delante de nuestros ojos para que sepamos darle importancia a las cosas que lo merecen.

No llores en soledad si es para esconderte de los demás, llora solo cuando quieras que sea algo íntimo.

La vida es una sucesión de lágrimas y risas, si no has llorado, no has vivido. Procura que sea cual sea la opción que te toque vivir (reír o llorar) lo hagas siempre muy alto e intenso. Si no la otra no merecerá nunca la pena.?

 

Santo Tomás de Aquino hizo referencia a la idea suprema del bien y del mal para demostrar la existencia de Dios. Tal vez debamos hacer de esta reflexión filosófica algo menos divino, y aplicarlo a nuestra experiencia para comprender que la intensidad de nuestro sufrimiento muchas veces es motivo de haber gozado antes de la intensidad de algo maravilloso. ¿Es por tanto preferible no vivir, para evitar sufrir? ¿No tener, por miedo a perder? Alégrate de sufrir, pues eso significa siempre que pierdes algo que has tenido o amado. Lo triste sería no sufrir nunca porque la vida no nos ha entregado estas vivencias. Aprende que es siempre más feliz el que más ha sufrido, pues es también siempre el que más ha tenido.