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28/10/2007 · Hormigas en la sopa

 Mi tío Capi era todo un caso.

 

Para que se hagan una idea, todavía hay quien duda sobre si fue mandado asesinar por el mismísimo Fidel Castro.

 

Les voy a contar la historia; su personalidad era tan fuerte que con unas pocas pinceladas van a ver perfectamente su retrato más fidedigno, como si se tratara de uno de sus cuadros.

 

Para que se hagan una idea la obra que mejor habla de él una vez muerto es una pintada en una pared de Benicasim que reza “¡Capi vive, carajo!”.

 

Y en esta localidad nadie tiene la duda de que es algo cierto.

 

La primera historia que llegó a mis oídos de la existencia de Capi es de su infancia. Tras perder una partida de cartas con sus primos, tuvo que pasear su desnudez en bicicleta por todo el pueblo. Al parecer le cogió gusto a la cosa; ya sea por las caricias de la brisa que descubrió, ya sea porque pasaba menos calor, pero fueron numerosas las ocasiones que decidió repetir la hazaña, hasta que mi tía abuela estuvo a punto del infarto al cruzarse con su hijo que la saludó feliz mientras un coro de niños le seguía corriendo.

 

Ahí fue el punto donde debió cogerle gusto a las dos ruedas, pues a partir de entonces comenzó a pintar bicicletas por todas las paredes que veía. Todavía numerosas casas de Benicasim tienen aparcada una bicicleta de Capi en su fachada. Lo que pasa es que hoy se considera parte de su patrimonio artístico, cuando en el momento de pintarlas, Capi estuvo a punto de jugarse la cara en numerosas ocasiones. Seguramente el amor tan grande que le cogió a este medio de transporte tuvo que ver con que se vio obligado a vender su bicicleta para poder comer, y desde entonces pedaleaba siempre de prestado.

 

Después le dio por gatos, que se acurrucaban en las esquinas pintados con negro, vigilantes, como si Hitchcock hubiese utilizado esta localidad mediterránea como decorado de una de sus películas. Luego los peces, que convirtieron paredes y muros en peceras, y el paseo marítimo de Benicasim en mar abierto, 3.740 metros de acera, entre el Hotel Voramar y el Eurosol se transformaron después de una jornada de trabajo, en el mar de asfalto por el que nadaban más de 400 peces y especies marinas…

 

Finalmente descubrió el que para él fue siempre el ser más interesante sobre la faz de la tierra: Las hormigas.

 

Y fue allí, donde despertó el interés artístico del público, a base de llenar paredes de regueros de hormigas, armado con su plantilla y un spray. Kilómetros de hormigas, algunas de más de un metro de longitud, recorrían las calles de Benicasim.

 

Si van ustedes allí, todavía pueden verlas; junto con los pocos gatos que quedan y alguna bicicleta. Las hormigas lo tendrán más fácil, uno de los hoteles de la localidad las tiene subiendo por su fachada, realizadas en plancha de hierro. Uno de los pocos encargos que tuvo en su carrera artística…

 

A Capi se le ocurrían las cosas y las hacía. Esto que les voy a contar es tan surrealista que cuesta creerlo, pero les aseguro que fue así. Capi comenzó a sentirse náufrago en su entorno y acostumbraba a lanzar mensajes en botellas al mar reclamando auxilio. Una de estas misivas viajeras le fue contestada por un niño de Argelia. La botella había cruzado millas y millas de distancia para marcar un nuevo destino en la vida de Capi, Ahora ya sabía que existía alguien para rescatarle. Ni corto ni perezoso, realizó varias camisetas en las que dibujó en un mapa el recorrido que había efectuado la botella, y la reproducción de la carta del niño. Con el dinero obtenido fue a conocerle, cual Ulises buscando Ítaca.

 

No fue el único viaje que realizó en su vida. Cuando a Capi se enteró de que un inmenso trasatlántico había quedado varado en una cala de Fuerteventura, no pudo dejar de pensar en otra que ir allí a pintar hormigas recorriendo su casco, entrando y saliendo por los ojos de buey, surgiendo de la espuma de mar para refugiarse en este hormiguero. La imagen del gigante siendo devorado por Poseidón y las hormigas, sus dos amores, pudo más con él que con su maltrecha economía y allí partió, armado de spray.

 

Hay quien no llega a creerse esta aventura de capi, pero la isla de las cabras tiene todavía en sus fachadas alguna hormiga que prueba que Capi estuvo allí. Una majorera me mandó una foto en la que el contorno de su delicada silueta remarca el reguero de hormigas profanando la blancura de la cal de una casa.

 

Es esta visión la única que puede recrearse hoy día de la visita de Capi a la isla de las niñas bonitas, y contrasta con la vorágine que devoró al American Star (nombre del trasatlántico) tras la aventura allí vivida por el protagonista de nuestra historia.

 

El American Star había vivido años de gloria como uno de los colosos del mar. Cuando, camino del desguace, declaró una playa mahorera como lugar para su reposo eterno, nunca se imaginó que su cuerpo hubiese de convertirse en el lienzo de un artista que iba a dibujar naturaleza viva sobre su piel.

 

Cuando Capi lo vio por vez primera, el American Star se había resquebrajado y reposaba partido en dos frente a una cala de arena blanca, la playa de Garcey. Capi escaló hasta su cima y pronto las hormigas recorrieron todas las estancias del buque, desde el casco hasta la sala de baile, entrando y saliendo por sus puertas, ojos de buey y arañazos del tiempo. Lamentablemente su obra nunca pudo ser terminada y admirada, pues el barco fue incendiado poco después de comenzar su labor por uno de los saqueadores que hacían del trasatlántico su modo de vida. Desaparecía así el hormiguero más grande que ha existido en la historia.

 

El último viaje de Capi tuvo lugar a otra isla; tras la decepción sufrida en Fuerteventura, llegó a sus oídos que en Cuba existía una especie de hormigas de color azul. Desde ese momento Capi no pudo pensar en otra cosa. Después de tantos años de pintarlas de color negro, el azul podía significar un punto de inflexión en su obra; y no le servían las fotos para conocer y recrear esta especie, era necesario cruzar el Atlántico para estudiarlas en profundidad.

 

Así que allí marchó, aunque su aventura cubana le duró tan sólo veinticuatro horas. Pasado este tiempo, Capi sufrió un infarto que acabó con su vida, nunca supimos si llegó a ver sus tan ansiadas hormigas azules. Su leyenda comenzó entonces a propagarse y los homenajes y exposiciones póstumas a sucederse al mismo ritmo que su obra más natural desaparecía bajo nuevas capas de pintura y cal en las calles de Benicasim.

 

Así que ya lo saben, si un día descubren sobre la fachada de una casa la silueta de una hormiga negra marcando el ritmo a una fila de compañeras, no es un dibujo más, forma parte de una historia y del enorme sueño de alguien que creyó que el mundo sería más bonito si añadiéramos un toque surrealista y dejábamos que la naturaleza volviese a ocupar nuestro espacio, aunque fuese artísticamente. Que allí por donde pasó pintó sobre manteles, fachadas, baldosas, pasos de cebra, barcos, tejados, platos, camisetas y hasta en la sopa. Y que demostró que a fin de cuentas pintar es el único alimento que necesita el artista para llevar a cabo sus sueños.