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29/12/2008 · El frío de la hojalata

Seguro que todos ustedes conocen la Historia del Mago de Oz.

Puestos a repasar toda la mitología de mi niñez, y siendo sinceros… Este cuento nunca ha marcado mi infancia como pudieron hacerlo los nuevos dioses del Olimpo de Marvel o DC Comics.

Pero esto cambió el día que conocí en una calle del Tubo al Hombre de Hojalata.

Si han visto la película o leído la obra de Lyman Frank Baum, sabrán que lo que el Hombre de Hojalata quería pedirle al Mago de Oz era un corazón.

Lo que la gente no sabe es que el Hombre de Hojalata una vez tuvo uno, y lo perdió…

Esta es su historia…

“A veces el tiempo no entiende muy bien de minutos, segundos y demás; sobre todo por la noche. Los segundos se convierten minutos, los minutos en horas y las horas pueden llegar a ser días.

Esto es lo que sucedía en el preciso momento en que sus ojos se cruzaron.

Para él, fueron años; para ella… quién sabe… a veces el tiempo no entiende muy bien de minutos, segundos y demás…

Dice Ismael Serrano que las soledades suelen buscarse noche tras noche, agazapadas tras la barra de un bar.

La canción continúa con un “…y allí estaba ella, al final de la barra, jodida y radiante, y yo me enamoré… ¿Quién no se enamorado alguna vez al pie de una barra?”

La canción, por si no la conocen, se llama “cien días”. Y esto es lo que debió sentir nuestro protagonista durante ese eterno instante en que se rozaron sus miradas.

Ella, desafiante. Como quien domina un antiguo secreto que puede convertirte en sal si osas apartar la vista.

Sus ojos puro ámbar, sus mejillas el color de la primavera cuando se está despidiendo, sus labios… una ventana a los sueños.

El Hombre de Hojalata no era todavía El Hombre de Hojalata. Gustaba de sentir el ardor del Arehucas bajando por su gaznate, cantar para espantar sus penas, y dejar que el calor de sus manos impregnase de vida todo lo que le rodeaba.

La miró, en realidad nunca pudo dejar de hacerlo. La noche se convirtió en estrellada gracias a los brillos de las miles y miles de botellas de las estanterías, el humo de los cigarros se convirtió en niebla por la que esconderse, la música comenzó a tener sentido…

Nuestro protagonista se acercó a ella. Si sus labios hubiesen sido los de una Sirena, Ulises nunca hubiese regresado a Ítaca, tal fue el embrujo en que cayó al sentir susurrar su nombre.

De repente, dos fuertes manos le apartan del destino de su deseo.

- No te acerques a ella-. Avisa un amigo. -¿Es que no ves lo que asoma sobre su cabeza?

Efectivamente. Dos cuernos verdes, que hablan de la fugacidad de las estaciones, del tiempo que viene y que se va, que puede convertir los segundos en días y los minutos en eternidad.

- Un segundo con ella pueden ser cien días ¿No conoces la canción de Ismael Serrano?

Y nuestro protagonista, que no la conoce o bien ha decido olvidarla, se zafa de sus manos y roza las de ellas, convirtiendo este segundo en el primero de los días de su condena.

- ¿Cuál es tu nombre? –Pregunta.

- Qué importa mi nombre -.Responde ella- O lo que soy; vendedora de juventud en el reflejo de los espejos, corista del Plata, traficante de golosinas… Lo que importa es que hoy estoy aquí.

Y nuestro protagonista decide raptarla por esos breves segundos que para ambos significan horas. Hacer del tiempo juntos un sueño en el que la piel pretende expresar anhelo, los ojos deseo, y la boca una eterna sed de la otra boca.

Cuando nuestro protagonista le besa por vez primera, sus cuernos verdes desaparecen y ella parece convertirse en eterna.

- No te ilusiones-. Le advierte –Mañana volverán y yo seré de nuevo fugaz.

Pero nuestro protagonista ya ha caído bajo el embrujo del más mortífero canto de las sirenas: La balada del amor. Que a veces suena como el aria de una película de Woody Allen, y a veces como la Banda sonora de Amelie. No le importa, sus labios recorren su cuello, bajan a su pecho y al rozarlo, siente cómo arden…

Baja los ojos y descubre una cicatriz, que parece pintada por la mano de un artista. Una arista para enmarcar la hermosura de sus pechos y darle un sentido a la profundidad de su belleza.

- ¿Qué te paso? –Pregunta, mirándole a los ojos.

Ella rehúye su mirada, una y otra vez, como si esta le obligara a respirar antes de responder.

- Fue una noche como esta -, comienza a narrar –Como tú, caí bajo el embrujo de un alma que portaba los cuernos de la fugacidad. A pesar de ello, me entregué hasta caer extenuada. Cuando dormía el sueño de la felicidad, abrió mi pecho y me robó el corazón, sabedor de que nunca podría vivir su ausencia y que era mejor llevárselo con él. Desde entonces, rondo noche tras noche las barras de bar, buscando el calor de los labios para no morir de frío, y así desde hace cien días, como la canción de Ismael Serrano ¿La conoces?

- Preferí olvidarla.

- También preferirás mañana olvidarme a mí, cuando veas que sin corazón no soy capaz de darte lo que tú deseas.

Y entonces nuestro protagonista, consciente de que sin ella no tiene sentido tener un corazón, y que ha caído bajo el mismo embrujo que cayó ella, decide abrir su pecho y arrancárselo para introducirlo en el suyo. Sentir de cómo surge de nuevo el calor en sus labios durante ese último beso que le roba, mientras los suyos se enfrían… y dejarla escapar.

- Ella le mira sin comprender-. ¿Por qué lo has hecho?

Él le mira y sonríe -¿Por qué lo hiciste tú?

Y desde entonces nuestro protagonista camina por las calles del Tubo buscando su corazón.

Su historia y los adoquines de la zaragozana calle inspiraron a Lyman Frank Baum para escribir El Mago de Oz, y sus famosas baldosas amarillas.

Hoy. Nuestro Hombre de Hojalata sigue buscando su corazón para entrar en calor. Mientras tanto, cuenta su historia a todo el que quiere escucharla, por si ocurre como con El Mago de Oz, y a alguien le inspira para escribir otra bonita historia…

…que pueda leer ella.