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25/08/2009 · La historia que se escribió a sí misma.

Supongo que hay ciertos momentos en los que es mejor no escribir, porque lo escrito queda para siempre. En cambio las palabras se las lleva el viento y el recuerdo se encarga de maquillarlas con su pátina de conveniencia.

 

Sin embargo hay otros momentos en que es imposible dejar de hacerlo.

 

Este es uno de esos momentos. Te sientas frente al ordenador, sin nada que decir, sin saber a donde quieres llegar y con la única intención de descubrirte a ti mismo cuando lees lo que el impulso ha dejado salir.

 

Lo malo de hacerlo para un blog es que siempre tienes que medir tus palabras, pues la sinceridad absoluta sólo existe en las lágrimas, y escribir está siempre condicionado por su alter ego: Leer.

 

Son estos, días de aprender de uno mismo; pero sobre todo de aprender de los demás. La vida es un conjunto de experiencias que te hacen sentir vivo. Unas son buenas, otras son malas, pero son todas necesarias, y reside en la persona el considerarlas de una u otra manera. Lo que es bueno para uno, no tiene que serlo necesariamente para el otro, y esta máxima es fundamental cuando se trata de valorar las cosas.

 

Siempre he pensado que es mejor dejar pasar el tiempo porque la distancia hace ver las cosas más pequeñas y resulta fácil observarlas en su conjunto. La impetuosidad y la incertidumbre hacen que no pensemos las cosas y cometamos errores, que magnifiquemos o empequeñezcamos un problema. Puede resultar un poco frío, pero la experiencia es el mejor consejo de todos los que puedas escuchar en tu vida.

 

Sun Tzu (El arte de la guerra) dice “Las lágrimas vertidas son fuerzas perdidas para la siguiente batalla.

 

Es una frase que al leerla, lo primero que viene a la cabeza son múltiples justificaciones, luego debe esconder algo de verdad, por muy cruel que parezca.

 

Sin embargo, debería ir acompañada de una pequeña reflexión. Cuando tropiezas, debes levantarte y seguir caminando, es cierto. Pero no te olvides de parar un momento y que tus ojos graben muy bien dónde has tropezado para no volver a hacerlo.

 

La vida son también muchos comenzar de nuevo, muchos puntos de inflexión, muchos hasta aquí. Y al final, seguimos siendo como siempre con circunstancias diferentes (los afortunados que consiguen su llevar a buen fin su propósito). Pienso que deberíamos teatralizar un poco más el final de una etapa, antes que empezar enseguida con otra. Parece que cuanto más pronto dejes atrás tus fantasmas, va a ser mejor y no es así. Merece la pena pararse a pensar si el fantasma todavía vive, si tiene fuerza… y medirla. Para estar preparados, pues tarde o temprano se puede aparecer de nuevo en tu nueva vida.

 

Hay fantasmas con los que es imposible luchar; estar prevenido es la manera más acertada de no dejarles ganar la próxima batalla.

 

Hoy quiero dejar que mis pensamientos vuelen, que se eleven libres y formen una historia en la que sólo los sentimientos hablen. Para leerla después y descubrirme en ella.

 

“Hubo una vez un juglar que se enamoró de una princesa. Quiso cortejarla, mas conocía de ella que era caprichosa y voluble, que su necesidad era siempre lo más espontáneo. Sin embargo, era tanto su amor por ella, que noche tras noche cantaba en su ventana esperando que ella se asomase.

 

Todas las mañanas, al volver a su casa, con el corazón y la garganta rota, su mirada en el espejo le devolvía siempre el mismo interrogante ¿Cómo era que ella no sucumbía al tono de su voz y las letras de su canto?

 

Noche tras noche, su súplica aumentaba de volumen, más ninguna pretendida Julieta asomaba al balcón.

 

Una noche, la luna, conmovida por su desesperación, le recomendó que abandonara la empresa. “No alces más tu voz, pobre juglar, pues podrías gastarla”.

 

- Si no es para ella, no debe ser para nadie –. Contestó, acentuando todavía más el tono elevado de su súplica.

 

- Es mejor conservar tu voz, que perderla en una apuesta inútil, por muy encomiable que esta sea.

 

Pero el juglar no quiso escuchar a la luna, y noche tras noche seguía alzando su voz, cada vez más fuerte, seguro de que su canto no lograba llegar hasta ella.

 

Una noche, desesperado, quiso cantar más fuerte que nunca y  quebró su voz. El sonido agónico de su canto  languideció para siempre, mientras la luna lloraba y las estrellas apagaban su luz en señal de duelo.

 

El juglar, se arrastró hasta la puerta de su amada para pedir auxilio, golpeó la puerta hasta que los sirvientes abrieron y le ayudaron a pasar. Ya en el interior, su mirada escudriñó todos los rincones, esperando tener todavía un soplo de voz suficiente para decirle a su amada lo que sentía.

 

Sus ojos se encontraron con los de ella. Le miró y quiso decirle “Te quiero”, mas de su garganta no logró escapar ningún sonido. Había perdido la voz, su mejor don, y supo entonces que no merecía ser de ella.

 

Un sirviente vio sus esfuerzos por hablar a su señora, y le recomendó.

 

- No lo intentéis, guardar vuestras fuerzas, pues es sorda y nunca pudo escuchar vuestras canciones ni el sacrificio que habéis realizado.

 

El juglar, desesperado, comprendió entonces que su amor estaba equivocado, pues si ella no era capaz de escuchar la música, nunca podría haber sido suyo.

 

Su voz se apagó para siempre, mientras sus ojos comenzaban a hablar el único lenguaje que habría de emplear a partir de entonces: las lágrimas.”

 

Sirva como metáfora, que cada uno puede interpretar como más le guste. Es lo bonito que tienen las historias que se piensan mientras escribes… que pueden significar cualquier cosa.

 

Ahora me toca leerla… y aprender lo que he querido decir.