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21/12/2009 · Mi patria es El Limpia

Dice Ismael Serrano que “A veces, los peores sitios a las peores horas, están llenos de la mejor gente”.

 

Y esto es lo que debe de suceder en El Limpia. Seguramente el local más pequeño de todo el Tubo zaragozano, pero sin embargo, para muchos, el más grande.

 

Se llama así porque se encuentra ubicado en el antiguo salón del limpiabotas. Todavía continúa allí Ángel, heredero de este oficio, que ha tomado el testigo de la labor iniciada hace casi un siglo por su abuelo. Todas las mañanas se le puede ver abrillantar y lustrar zapatos como ya sólo puede verse en Madrid, Barcelona o Sevilla. Un amigo mío que acude regularmente, no duda en deshacerse en elogios: “Me los deja más brillantes que el día que los compré”.

 

Pero El Limpia ha cambiado el betún y el cepillo por las cañas y las tapas. Al frente de esta nueva etapa se encuentra Emilio Gareta, a quien quiero hacer este homenaje, puesto que hoy cumple treinta años.

 

Como no podía ser de otra manera, Emilio se merecía un regalo a  la altura de su arte. Y como en el fondo, cumplir edad es morirse un poco más, año tras año, nuestro regalo ha querido reflejar el sentimiento que nos produce que alguien tan genial como Emilio no sea eterno. Le hemos enviado una corona de flores. Emilio al principio no lo ha entendido muy bien y el repartidor ha sufrido las iras de su incomprensión, pero rápidamente ha recompuesto su personaje, y mirando fijamente la corona ha exclamado para todo el bar: “Pues nunca me habían regalado flores…”. La corona sigue allí, espantando a clientes desconocedores de las peculiaridades del local, mientras Emilio, de vez en cuando la mira de soslayo y musita para sus adentros… “pandilla de cabrones…”

 

Emilio es un personaje peculiar, a la altura de Manolo el del Bonanza, o Juan el del Texas (Bares míticos de Zaragoza. Una explicación necesaria para todo aquel que cometa el sacrilegio de no conocerlos, o peor, de no entenderlos y admirarlos). Tiene una voz grave, profunda, que parece recién salida de la garganta de un muerto después de amanecer con resaca. Con ella plagia a Sabina, el único artista que puede sonar en su bar, en un eterno bucle de abriles sin sueño y calles melancolía. Grita las tapas como quien estrella una guitarra contra el suelo, y es capaz de frases tan gloriosas y dignas dirigidas a su clientela como “Señora, aquí no hay Martini ni zumos, esto es un bar, se toma alcohol”, “Tienes treinta y cinco metros cuadrados de cenicero” o “¿Para qué cojones necesitas cubiertos en una tostada?”.

 

Esto, con el tono de voz que ya he descrito, y a unos decibelios que darían envidia a la mismísima Castafiore, suele provocar la espantada general de quien no sabe apreciar la autenticidad de algo puro, mítico, un héroe que resiste desde su atalaya al envite de los cursis y los pijos, y no se deja corromper por los beneficios económicos del precio de una caña que no va a ser apreciada en la justa medida de su contexto, es decir, del ambiente genuino que tiene a su alrededor.

 

Seguramente pensarán que con semejante política comercial, el bar estará vacío, pero no. Precisamente la magia de El Limpia reside en este casticismo tan legítimo, que ya sólo se encuentra en las películas de Berlanga y en cuatro o cinco bares que resisten al avance de la globalización, con sus particulares soldados parapetados tras la barra a modo de trinchera. Resulta difícil acceder al Limpia cuando organiza alguna de sus catas, monólogos, conciertos… y un largo etcétera que este año se ampliará con lectura de poemas, cineforum, o el particular mensaje de Navidad de Emilio para todos los clientes y amigos a través de Internet. Como dice Carlos Espatolero (al que un día descubrí este sancta santorum del que no ha vuelto a salir) a través de las ondas de Aragón Radio. “Es como la Fnac, pero con croquetas”.

 

El Limpia se jacta además de tener en su interior la Galería de Arte más pequeña de España. Apenas un escaparate de cuatro metros donde difícilmente caben seis cuadros en hilera. Por allí van pasando artistas de todo género y condición, que saben que el público que cada día trasnocha entre esas cuatro paredes, es el que más va a apreciar su obra. En el resto del bar… Fotos de época, un Elvis de macramé, o partituras de Mauricio Aznar, ponen el punto kitch necesario para contrarestar el cada día más importante peso artístico de la Galería.

 

EL Limpia ha tomado el testigo cultural que dejara Casa Lac tras su funesta reforma. Se podría considerar que está a la sombra de locales míticos como el café Gijón o Libertad 8. La clientela del Limpia resulta un conglomerado surrealista, que mezcla la parroquia de toda la vida con artistas, músicos, fotógrafos y farándula en general. Está Félix, que cada noche llega con sus bolsas de hacer la compra y se sienta en su esquina, sin hablar con nadie. Mirando mucho y con expresión melancólica cuando alguien se arranca con una canción. A quien se le acerca le cuenta su historia, pero es una historia de silencios, en la que hay que entender más que escuchar. También está Alex, el fotógrafo, que cada noche saca su cámara como si fuese un mosquetero desafiante y seductor con cada mujer que se cruza delante de su objetivo; un Cyrano que, a golpe de fotografías, logra arrancar poesía en la mirada de las clientas… y algún cliente. Siempre sin salir de entre estas cuatro paredes, como un templo que consagra a las musas porque más allá se convierten en simples mortales.

 

También pasaba hace algún tiempo El Pater, cura mujeriego, hombreriego y lo que le echaran encima. No perdonaba feligresas ni ateos, santos o pecadoras, carne que pescado. Lamentablemente, y tras organizar un guateque en el que dejó a deber la friolera de 540 euros, no se le ha vuelto a ver por ahí, y de vez en cuando algún cliente, cuando llega la hora de pagar, le dice a Emilio haciendo el gesto de huir: “Como diría el Pater… Dios te lo pague”.

 

Emilio me ha dedicado una tapa (De cuyo nombre prefiero, de verdad, olvidarme). Dice que es un homenaje sincero, un reconocimiento… si van por allí, pídanla y me cuentan, yo todavía no la he probado, me da cierto respeto…

 

Les hablaría de mucho más, de cómo El Limpia ha logrado pasar de ser un simple bar, a una gran familia. De cómo el surrealismo ha contagiado cada esquina, y cada instante. De cómo la gente aplaude cada vez que Emilio grita una tapa al más puro estilo “Amanece que no es poco” y se oyen comentarios como “Que alzamiento de papapico tiene este hombre” o “Emilio, todos somos contingentes, pero tú eres necesario”.

 

Quien sepa entenderlo, sabrá apreciarlo. Créanme, mis escasos lectores. Merece la pena acercarse allí un día cualquiera y respirar algo auténtico y puro. No busquen mucho, está al lado de El Plata, en el corazón del Tubo zaragozano. Allí todavía resiste su esencia, en la garganta de uno de sus personajes más puros.