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09/01/2013 · Hemipléjicos identitarios

La Real Academia define la “identidad” como un conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás. Por tanto, la identidad implica también sentir que se forma parte de algo con lo que coincidimos. Resulta cada vez más curioso el empleo y uso abusivo de esta palabra por parte de los políticos; que juegan a utilizar el vocabulario de manera excluyente a pesar de que muchas veces las mismas palabras encierran en su esencia el significado contrario. Pensar en la identidad como algo absolutista, que diferencia o enfrenta a vecinos, hermanos, y puede ser un sinónimo elegante de la palabra “ideología”, demuestra el nivel de desprecio por la inteligencia de los ciudadanos que tienen nuestros líderes.

La identidad no es algo que se escoge, ni que se adquiere con el nacimiento, tampoco es determinada por razones geográficas o de raza. La identidad es el alma de lo que somos, nos convierte en seres únicos y es una de las maravillas de nuestra especie. La historia ha demostrado que cuando se intenta doblegar la identidad de un pueblo, este ha reaccionado como una única persona y todas las voces se han convertido en una para gritar más fuerte. Ni las religiones, ni los regímenes políticos han sido capaces de cambiar nunca la identidad de un pueblo, y aunque esta se transforma y evoluciona, ha sido siempre el conjunto de los ciudadanos el único motor del cambio. Cualquier intento de intervenir en este sentido ha supuesto una reacción visceral en sentido contrario.

El pueblo español goza de una identidad propia, y a pesar de los intentos por diferenciar y separar, ningún político conseguirá nunca robarle el alma. El problema reside en la falta de conciencia que el español tiene de esta unidad. Desgraciadamente, parte de la identidad española consiste en la vergüenza de ser español. Nuestro pueblo sufre complejo nacional, seguramente por la baja representatividad de nuestros representantes, que se enfrentan al mundo con mirada baja y pidiendo perdón, o con actitud chulesca para ocultar sus carencias, lo que las evidencia todavía más.  Nuestro país no es sólo el mejor del mundo en los deportes, también tenemos la mejor gastronomía, los mejores pintores, el mejor clima y muchos de los paisajes más bellos. Hemos sabido aprovechar la influencia de los árabes, la cercanía de Europa, el estilo mediterráneo… Tenemos historia, cultura, carácter… miles de cosas que convierten a España en la envidia de cualquier país, y sin embargo, sentimos vergüenza de decir que nos sentimos españoles. Buscamos las diferencias entre nosotros en lugar de fomentar lo que nos une, confundimos ideología con identidad, y pensamos que sentirse orgulloso del pueblo del que se forma parte es propio de un determinado pensamiento político. Nuestro complejo se ha formado tras muchos años de dedos acusadores de lo que no somos, buscando la rentabilidad política del que prefiere disfrazarse de identidad porque no tiene carácter que ofrecer. Hoy está mal visto alegrarse de ser español fuera de los partidos oficiales. Llevamos en nuestra ropa las enseñas de otros países y renegamos de la nuestra por miedo a ser apuntado con uno de esos dedos acusadores de pertenecer a una corriente ideológica, sin darnos cuanta que quien acusa es siempre discípulo de la ideología contraria a la detestada. Decía Ortega y Gasset, respecto a estos reduccionistas que "Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral”. Dejemos, por tanto de hacer el imbécil, y asumamos lo que somos y nos une con orgullo, porque nuestra identidad, aunque es cosa de muchos, depende siempre de uno mismo.

 

Publicado en www.elsatiromordaz.com