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20/01/2013 · Su soledad, gracias

Las estaciones de tren son lugares de encuentro y despedida, escenarios de emociones exhibicionistas, que habitualmente pertenecen al ámbito privado de las personas. Me gusta sentarme mientras espero el tren y disfrutar observando estas pequeñas dosis de humanidad. Por eso me sorprendió el contraste que ofrecía la máquina que había al final de la sala. En su interior se ofertaban almohadas individuales para el cuello por tres euros, auriculares para abstraerte en tu mundo por dos, y tapones para ignorarlo por uno. Cualquiera espera que al retirar alguno de estos productos, la voz metálica de la máquina expendedora le diga: “Su soledad, gracias”. Levanté la vista para observar: A mi alrededor el silencio se extendía entre las escasas doce personas de la sala de espera. Un novio escuchando música con los auriculares mientras su novia dormitaba en el regazo. Un grupo de veinteañeras con la mirada fija en sus teléfonos móviles, sus pulgares bailando frenéticamente sobre la pantalla. Un ejecutivo con su ordenador portátil sobre las rodillas, el ceño fruncido marcando la frontera a la distracción. Una mujer con su mirada fija sobre la pantalla de un reproductor de DVD, el reflejo de una película en blanco y negro brillando como sombras chinescas en sus gafas. Un anciano con la mirada al frente, observándome a mí. Sus ojos transmiten la complicidad de saber lo que estoy pensando. Me mira y su voz alta y clara asesina el silencio en la sala de espera: “Sólo existe una cosa más triste que la soledad y es querer estar sólo”. Asiento con la cabeza mientras el eco de su voz agoniza rebotando contra el silencio. El resto de la sala no parece haberle escuchado y permanecen concentrados en sus actitudes. Supongo que la máquina expendedora de soledad hará este verano su agosto.

 

Publicado por Heraldo de Aragón