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27/02/2013 · Tradición

La tradición es algo que acostumbra a ser respetado por el simple hecho de su misma esencia, es decir, algo se convierte en tradición por ser repetitivo y no por otros valores. Este significativo hecho eleva a categoría igualmente errores y aciertos (cuando el hombre tropieza más de seis veces con la misma piedra, deja de ser equivocación para convertirse en tradición). Por esta razón, las tradiciones son discutidas tan a menudo, y adaptarlas a los cambios que implica el paso del tiempo y la evolución de la sociedad, suele acabar con su sentido. Sin embargo, el hombre gusta de perpetuar las tradiciones como una manera de verse en el reflejo de sus progenitores, de identificarse con la imagen que tenía de sí mismo en el pasado, o de pertenecer a una comunidad. En nuestro país tenemos costumbres milenarias que no han sucumbido al paso de los siglos, guerras o regímenes. Sin embargo, en los últimos años, un mal endémico de nuestra vacuidad intelectual ha conseguido acabar con tradiciones de mayor o menor arraigo, pero tradiciones al fin y al cabo: “Lo políticamente correcto”.

 

No voy a entrar a enumerar la larga lista de costumbres que han desaparecido o están a punto de hacerlo, a golpe de decreto, dictamen o regulación. Los reyes del neolenguaje, apostillados tras su escaño, butaca o cargo empresarial, no dudan en sacrificar lengua, tradición o convicción por salvar su pellejo de los grupos de presión y meapilas de turno. Escribo este texto desde la indignación (lo confieso) de ver cómo una tradición absolutamente desconocida, que jamás ha ocupado columna en un periódico o minuto en un canal de radio o televisión, ha sucumbido a “lo políticamente correcto”. Acostumbro a pasar mi veraneo en un pueblo llamado Cabo de Palos (Murcia). Desde que recuerdo, cada quince de Agosto los pescadores celebran la fiesta del lugar con una actividad llamada “la cucaña”, consistente en embadurnar con brea un mástil de barco colocado horizontal sobre el agua del puerto. Los más valientes pugnan por alcanzar una bandera colocada en el extremo más lejano, manteniendo el equilibrio sobre el palo. Todo el pueblo se reúne en torno a esta actividad para ver a sus héroes pugnar por el codiciado trofeo (una caja de galletas o un jamón, en tiempos de bonanza).  Una larga fila de arriesgados jóvenes (y jóvenas, no sufran los neoparlantes) da la vuelta a toda la entrada del puerto. En sus rostros la alegría y la emoción de participar en el único acto de las fiestas que no ha sucumbido a los recortes, y nunca ha sufrido modificación. La sencillez del acto es parte de su idiosincrasia: Un simple bañador y los pies descalzos. Para participar sólo hacía falta el valor de hacerlo… hasta este verano. El sol del mediodía iluminaba las placas de los policías locales que impedían colocar el mástil sobre el agua. A su alrededor, todo el pueblo se preguntaba la razón, ni ellos mismos eran capaces de argumentarla, simplemente cumplen órdenes. Farfullan permisos paternos para los menores, seguros necesarios… una retahíla de explicaciones que tratan de argumentar que la actividad no es segura. “¿Y cuándo lo ha sido en los últimos cincuenta años?”, preguntan los pescadores. “Necesitan seguro”, insisten. “Si nosotros queremos subirnos a un palo y coger una bandera, no entiendo por qué tenemos que pedir un seguro”, “Es obligatorio”, “Tampoco lo pedimos para jugar al futbol en la playa”. El pueblo abuchea desde el muelle, los policías se muestran firmes y buscan el auxilio de la unidad móvil de la Cruz Roja, “A mí no me mire, yo siempre he participado”, le responde ufano uno de los voluntarios. Tras más de una hora de dimes y diretes, finalmente la tradición muere en las manos ensangrentadas de la burocracia, víctima del afán regulador y prohibidor en que se ha convertido el poder en nuestra época. Incapaz de ver que su afán paternalista choca de frente con la libertad que muchos de los padres presentes han dado a sus hijos para participar. No estoy seguro de lo que pasará el verano que viene, aunque lo imagino. Será el final de una tradición que importaba a muy poca gente  pero que no hacía mal a nadie, y que tras cincuenta años sin ningún accidente, se ha considerado peligrosa. Una tradición que ha dejado de serlo por no ser ya repetitiva, y aunque este simple valor sea muy poca cosa, para los que cada año la esperábamos puntualmente el quince de agosto, significaba mucho.