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19/03/2013 · El alcalde desnudo

El cuento de El rey desnudo, escrito por Hans Christian Andersen, narra la historia de un rey preocupado en exceso por las apariencias. Un día escucha a dos bribones decir que tienen una tela tan fina que resulta invisible para los necios, y gasta una fortuna en fabricarse un traje. Sin darse cuenta de la estafa, sale en procesión completamente desnudo y los cortesanos, temerosos de parecer necios ante el monarca, alaban sus ricas e inexistentes vestiduras hasta que un niño exclama en voz alta “¡pero si está desnudo!”. El rey lo escucha y descubre que tiene razón, pero levanta la cabeza y termina el desfile. Cuando comparamos los cuentos infantiles con las situaciones más complejas, estas se vuelven de una trivialidad tan explícita que pueden provocar sonrojo. Es lo que debería sentir el Alcalde de Zaragoza al manifestar que sus gastos en protocolo “son ridículos”. Especialmente cuando el mismo día se descubren facturas por valor de cincuenta millones de euros en los cajones del ayuntamiento que preside. Parece que al primer edil le preocupa más el aparentar más que el ser, y por eso considera que gastar lo segundo en pro de lo primero puede resultar más rentable, y que lo que la ciudad necesita no son unas cuentas pulcras, sino un alcalde inmaculado. Este pensamiento contrasta todavía más si lo comparamos con personajes de la actualidad que le acompañan en los rotativos como el Papa Francisco. El sumo pontífice cambia el anillo de oro por la plata dorada, se aloja en residencias sin estrellas y viaja en autobús tras ser nombrado. Nuestro alcalde gasta 1.267 euros en seis comidas, tiene dos despachos (uno de ellos con dos duchas, todavía no entiendo la necesidad) y viaja en uno de los muchos coches de alta gama de su parque móvil, seguramente porque si sube en alguno de los autobuses de Tuzsa, le pregunten por qué retrasa hasta el 2014 la liquidación de la que dependen muchos de sus sueldos. Está claro que el traje no hace al torero, pero el alcalde pretende ocultar su falta de destreza con la muleta tras los brillos y fastos protocolarios del traje de luces. Seguramente se escuda en su creencia de que los necios, como en el cuento de Andersen, no se atreverán a manifestar su necedad. Pero en Aragón somos numerosos los lectores de Baltasar Gracián, quien dijo que “todos los necios son obstinados y todos los obstinados son necios” y su obstinación por defender la “ridiculez” de sus gastos deja claro el lugar que ocupa, y para eso no hay traje o gasto protocolario que valga (lo que valga).

 

Publicado en Heraldo de Aragón