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20/05/2013 · Trabalenguajes

En su obra “1984”, George Orwell anticipaba más de medio siglo la aparición de la “Neolengua” y su uso por el estado para dominar los impulsos de la sociedad. En esta ficción, si eliminabas el significado de la palabra “libertad”, el individuo dejaba de necesitarla. Y cambiando las palabras peligrosas por eufemismos, los peligros desaparecían. Esta teoría, aparentemente un giro argumental más en la novela, define la preocupación que sentía el novelista británico por la concreción del lenguaje en su otra faceta profesional, el periodismo. Recientemente una ex periodista por razones regias, Letizia Ortiz, alertaba sobre la utilización intencionada del lenguaje en tiempos de crisis. Seguramente el peso de la corona le resulta más liviano que el de la cámara, cuando su jefe de informativos convertía los sindicatos en acrónimos, y los acrónimos en suspiros; o verdaderamente ver la profesión desde la barrera le ha descubierto una imagen global más alarmante sobre la que es necesaria una reflexión. Coincido en que esta es cada día más inexcusable por parte de medios y ciudadanos. La politización del lenguaje llega a extremos como los descritos por Orwell a mitad del siglo pasado. Palabras prohibidas y eufemismos forman parte del lenguaje corriente. Los anglicismos se han convertido en el “bread” nuestro de cada día. Como si decir “bullying” fuera a hacer menos horroroso el maltrato sufrido por un niño, o usar “mobbing” aliviara el acoso de un profesional a manos de sus compañeros. La última moda es llamar “escrache” a lo que es burdamente acoso y coacción a un representante elegido democráticamente, como si el eufemismo convirtiera en comprensible el delito. Siempre queda mejor decir que los ciudadanos hacen “escrache”, que describir cómo los ciudadanos coaccionan y acosan en su casa a un político y sus familiares. Vivimos en una época en la que el dominio de la lengua y el lenguaje se han convertido en cotidianos, y no nos llaman la atención palabras como “daño colateral” para hablar de civiles inocentes muertos o “ajustes” para describir “recortes”.  Lejos quedan los tiempos en que se hacía mofa cuando la “crisis” era un “escenario de crecimiento debilitado” o un “difícil momento coyuntural”. La invasión de la Neolengua ha convertido en premonitoria una frase de su creador, Orwel. “En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. Lo malo de la verdad es que pierde su significado al mismo ritmo que las palabras con que se dice, esperemos que nunca sea demasiado tarde.

 

Publicado en Heraldo de Aragón