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25/07/2006 · La calle sin nombre

Hoy no la he encontrado por más que he buscado.

 

Es lo que tiene; que cuando quieres recalar en ella se esconde entre las arrugas del casco viejo de Zaragoza.

 

¿Alguna vez han estado en ella? Es la calle sin nombre, donde van los poetas a morir y las putas a enamorarse. Conozco más o menos su ubicación, porque a fuerza de desembocar en ella, aprendo por donde debes buscarla. Lo que pasa es que cuando vuelvo sobre mis pasos, nunca está allí donde la dejé la última vez. Rememoro el camino, algunas veces incluso voy dejando migas de pan en forma de recuerdos que recoger cuando quiera volver. Pero la calle sin nombre sabe que está únicamente para esos momentos en que la necesitas.

 

Busquen ustedes, trace un cuadrado entre la Seo, el Teatro Principal, más allá del Coso Bajo cuando se pierde a bautizarse cada mañana en el Ebro, y la Plaza San Miguel. En un lugar inexacto dentro de esta pequeña alga maraña de calles, la calle sin nombre se retuerce para que no profanemos su sagrado suelo.

 

Nunca he conocido a nadie allí que merezca la pena ser recordado fuera de sus paredes. Pertenecen a ese mundo y todo lo que hay al otro lado podría denominarse locura.

 

En la calle sin nombre hay un pequeño bar donde moran las estatuas de borrachos las tardes de Domingo. Se yerguen majestuosos, dominadores del ancestral secreto de la fermentación de la realidad. Sus doctrinas son siempre dignas de Ortega, sin el vacile quejumbroso de los que no saben donde empieza la filosofía y donde acaba la propia frustración y sus excusas.

 

A veces, los púlpitos más altos me recuerdan a esa barra de bar donde se sienta cátedra sobre los temas más triviales y la vez más profundos en la razón propia del hombre.

 

Busquen, busquen, o mejor; no lo hagan, pues ya les he dicho que la calle sin nombre viene a nacer un día y a morir al siguiente, pero no acude cuando se le llama. La reconocerán porque en sus calles no hay nada que después recuerde, y sólo se revelará cuando haya pasado por ella. Pero si fijan su atención a partir de ahora, en ese trozo de angustia de la ciudad. Puede que un día le despisten y puedan permanecer en ella. Busquen entonces el bar, su puertas son de un rojo carmín con la pintura ajada por el sol, visillos sucios a través de los que se leen carteles escritos a mano, de la última exposición de un artista del que nadie oyó hablar nunca porque cada muestra se cambia el nombre para poder seguir pintando. Entren y charlen de amor, de sueños y victorias con los borrachos, no conocen el significado de fracaso. Admiren las pinturas y los poemas escritos a tinta que cuelgan de sus paredes. Hablen con la camarera, les preguntará siempre de dónde son para desgranar sus historias sobre su lejana córdoba, de la que ya no recuerda ni el acento. Prueben a pedir algo, la parroquia desaprobará siempre su elección con un gruñido, y la camarera servirá condescendiente su copa como si fuese un puño.

 

Hoy yo busqué la calle sin nombre, busqué su bar, busqué sus gentes, busqué la inspiración que siempre transmiten sus paredes de sueños y el aroma a deseo de su asfalto.

 

Como me suele pasar, no la encontré.

 

Busquen ustedes a partir de mañana, dejen abierto un ojo al futuro y otro al desvarío, es la única manera de naufragar en ella. Puede que algún día coincidamos, puede que un día sea usted el borracho, o la parroquia; o que sea yo. Puede que aprendamos el uno del otro, pero no hoy.

 

Hoy busqué la calle sin nombre sabiendo que no debe ser buscada. Simplemente, no la encontré. Puede que otro día. Prueben ustedes?